miércoles, 11 de abril de 2007

YOLANDA ARROYO o la escritura como SUMMA


Yolanda Arroyo es una de las autoras noveles que más me entusiasma. Sus cuentos, elegantes y palabreros, perfilan mundos distantes e infinitos. Los personajes abarcan las más disímiles profesiones: pueden ser desde secretarias de agencias de construcción, hasta marineros, depredadores de la noche, niñas judías en los tiempos de Cristo o esclavas africanas antes de la abolición. Su manejo de mundos ilimitados me hace pensar en Sor Juana y en su afán por el conocimiento. De hecho, si algo reúne los amplios registros de Yolanda es ese afán por conocer los detalles del mundo, como si éste fuera una summa ( a lo summa teológica) de conocimientos que mostraran la ruta hacia la verdad. Sólo que la verdad en el mundo siempre es elusiva, siempre es engañosa y está más allá de la posibilidad del conocimiento.

En la clase graduada de Teología "Creer y Crear" ofrecida en la Universidad Central de Bayamón, oí decir a Yolanda: "De chiquita, esperaba al vendedor de enciclopecias Cumbre a que trajera el tomo de la semana a casa de mi abuela, que fue donde me crié. Era en ese tomo de enciclopedia donde me escondía del mundo. Así creció mi afán por la lectura y por el conocimiento. Sigo siendo esa niña que quiere conocerlo todo, dar con todas las respuestas entre las páginas de un libro. Allí encontrar " la verdad". A la vez, soy la mujer que cree que nunca va a dar con ella, y es esa sospecha lo que me mueve a escribir y a la vez me carcome por dentro."

Por eso me decidí a entevistarla. El concepto es simple, contestar unas 5 preguntas un tanto juguetonas para hablar de las maquinaciones internas de un escritor. He aquí el resultado del juego.

1- Si pudieras escribir con otro órgano que con la mano, ¿cuál escogerías?, ¿Por qué?

La boca. Creo que el mero acto de la oralidad provee a la boca como digno sustituto a la mano en caso de que estas faltasen. Además, la boca puede ser tan o más seductora que la mano y he visto como se rehabilitan muchos luego de accidentes que los privan de sus manos. La boca me brindaría la flexibilidad necesaria y la comodidad que se requiere para escribir .

2- ¿Qué libro estás leyendo ahora mismo? Leo “Sin sangre” de Alessandro Barricco


3- ¿A qué personaje de la historia te gustaría matar bien lenta y dolorosamente? A Hitler. Le echaría sal a cada una de sus heridas.


4- ¿Sobre qué tema no escribirías jamás? No sabría cómo escribir sobre el nazismo, sobre el exterminio judío. Aunque en términos de historia es un tema que me apasiona y me obsesiona, he intentado un cuento, y un relato medio novelle, pero ninguno se me ha dado. Es muy complejo y doloroso.


5- ¿Quienes te hubiera gustado que fueran tus padres literarios? Es decir, si pudieras casar a tal escritor (hombre o mujer) co
n otro u otra para que te pariera, ¿a cuáles dos escogerías? Sería la hija de Virginia Woolf y JM Coetzee.



viernes, 6 de abril de 2007

Resinas para Aurelia (cuento)

Resinas para Aurelia

Aurelia, Aurelia
dile al Conde que suba
dile al Conde que suba
que suba suba
por la ventana

(letra de Bomba popular)

Nadie sabe cómo entró la moda aquella, pero en menos de tres meses todas las putas de Patagonia tenían esclavas en los tobillos. Se las veía pasear por la plaza del pueblo, cuando estaban de descanso, comiendo helados de frutas o de nueces, o por las calles en dirección al rio. Se las veía comprar abastecimientos en la Plaza del Mercado con aquella cadenita brillando a sol irredento, refulgiendo en la distancia, señal secreta que denunciaba el oficio. El retilar allá abajo en el tobillo, el conspicuo nombre de esclava encendía ojos y fruncía ceños por todo Humacao. En dirección al rio iban los pies meretrices con esclava y en dirección a la cadenita iban los ojos de todos y de todas las del pueblo. De todos y de todas, de Lucas por ejemplo, que debajo de su amplio sombrero de esterilla, con tijera podadora en mano, dejaba de abonar árboles de sombra para verlas pasar con ojo hambriento.
Su abuela le enseñó el oficio de las flores. Nana Poubart lo trajo infante desde Nevis a aquel pueblo gris con un rio que se comía los árboles de la plaza. No recordaba nada de su tierra natal, sólo la empozada en los pechos de su abuela, a quien se le enredaba la lengua en inflecciones más agudas que las del resto de los habitantes del pueblo, erres y tes un poco más agudas, más indescifrables entre el montón de sonidos que sobrevolaban el aire de Patagonia. El aire de Patagonia, usualmente apestoso a crecida de rio, a colchón humedecido y a orín, se detenía donde empezaban los aires de la abuela con sus cocimientos de plantas y de flores. La casa de ellos, aunque humilde y asediada en los flancos por los ranchones de mancebía, siempre olía a resinas de árboles de sombra que contrarrestran el olor del mal vivir. Los pisos de madera brillaban con un emplaste ámbar de capá con cera de abejas y esencia de flores de jazmín. Frente con frente al bar el Conde Rojo, Nana había sembrado un limonero y un guayabo enredado . Los cuidó de chiquitos echándoles fertilizantes expertos en crecimiento dócil y frondoso, mierda de putas jóvenes mezclada con sangre menstrual. A él le daba verguenza cuando Nana lo mandaba a la puerta trasera del Conde Rojo a pedirle a las madamas las palanganas de sus pupilas. Protestaba con los pies y con el pecho, pero Nana no oía razones sobre malaslenguas, ni sobre bonchinches infundados en falsas modestias. Según ella, no había nada mejor para crecer árboles de sombra, ni los fruteros medianos de este lado del Caribe.
Así fue como Lucas se acostumbró a las putas desde niño, a sus olores, a sus texturas, a sus miradas de complicidad. Desde la preadolescencia se acostaba con ellas, desde los doce años, para ser más exactos. So pretexto de darle las palanganas de mierda, las madamas y las putas más viejas lo hacían entrar al Conde, lo obligaban a esperar mientras ellas se cambiaban de ropa, se empolvaban las tetas llenas o las caídas con polvos de perfume y motas multicolores de algodón espumado. A veces lo comprometían a amarrarle las ligas de las medias o a zafarle los botones del sostén de copas. Y luego de estos roces furtivos, algunas lo besaban de lengua en la boca haciéndole mimos maternales, cagando amorosamente ante él en las palanganas y conduciendo a Lucas otra vez hasta las entradas del ranchón.
Mientras tanto la Nana lo esperaba sentada en el sillón de palo caoba y paja trenzada en el balcón de la casita. Al guayabo de la entrada lo trenzó ella misma con sus manos de planchar y de lavar ropa de ricos en el rio. Le fue enseñando a Lucas cómo se agarran las ramas de los palitos tiernos para hacerles diseños al tronco. "Los dedos, -le decía mientras se los untaba de mierda de putas a la cual añadía resinas de cauchero y miel --"es importante saber dónde se ponen los dedos y qué presión hay que aplicar para doblar sin partir, la corteza tierna de los árboles." Año tras año, Nana fue sensibilizándole las yemas a tal grado que Lucas aprendió a cogerle el pulso a los árboles, a los de sombra, a los de fruto y a los de flor. Sentía cómo la savia les corría por las venas y, a través de una cuidadosa medición de temperaturas y presiones líquidas, podía saber si el árbol estaba saludable o si necesitaba auga, poda, o una sangría para liberar exceso de resinas de su interior.
A lo que nunca pudo acostumbrarse Lucas fue al punzante olor a mierda de putas. Aunque seguía llendo a recoger palanganas cada vez que la Nana lo enviaba y seguía acostándose con ellas, nunca pudo sumergir de buena gana los dedos en aquel emplaste maloliente. Convenció a la abuela a que lo dejar usar otras soluciones y se dió a la tarea de recorrer las riberas del rio con un machete y unas latas, recogiendo las resinas de todas los arbustos y plantas de tronco del litoral.
La Nana también sabía cómo sacarle el obeah a las plantas, a quién había que hacerle ofrendas para que el monte obsequiara con hojas para curar el mal de amores, los cólicos de diarrea y vómito, fiebres de lupanar y otras dolamas que aquejaban con frecuencia a las vecinas de Patagonia. Sabía de teses de anamú contra el dolor de hijadas, y de infusiones de naranjo para aquietar llantos y tremores, hojas de guanábano para aliviar la empancinada de aire , cataplasmas de resina de palo de jobo para devolver el calor a la piel. Sabía millones de estos secretos. Y así como componía troncos y raíces y follajes, también componía huesos y vértebras rotas, tropezones con puertas en ojos de mujer, moretones violáceos, coágulos de sangre, virazones de tobillo, desligamientos, y desgarres. Remendando gente fue que Nana pudo ayudarse a pagar la supervivencia suya y la de su nieto. Pero a Lucas no le parecía tan interesante lo que la Nana hacía con las plantas y las manos para ponerlas al servicio de la gente. La gente apestaba a mierda, le daban un placer fortuito que lo dejaba solitario, melancólico y confundido tan pronto se acababa el último tremor. Los árboles no. Ellos tenían su espesor y su ricura, el suave verdor húmedo de las hojas brillosas del café de Indias o el calor picante de las hojas rugosas del orégano brujo, la cáscara de palo santo o las cortecitas de tártago le levantaban sudores de alivio en la piel. Se la dejaban tranquila y clara. Lo más que disfrutaba era sacar resinas de árboles, hacerlos sangrar ámbares profundos y gomosos con los cuales, estaba seguro, se podía componer cualquier cosa que cruzara su imaginación. Los huesos que la Nana arreglaba, los troncos de guayabos en flor, entuertos del alma, delicados ungüentos para impermeabilizar maderas, evitar las goteras y manchas de humedad en los techos, tornear patas de mesas, poner a respirar a un cuerpo. Todo lo podían las resinas.
Cuando Nana fue retirándose del rio y dedicándose por completo a sanar putitas malogradas, Lucas, ya de edad, consiguió trabajo como jardinero municipal. Nadie nunca había visto vegetales que crecieran con tal hermosura bajo manos humanas. Lucas, el hijo de la lavandera de las islas, convirtió una plaza desnuda de pueblo salitroso en un jardín divino, donde las miramelindas se le daba a pleno sol, los duendes y los cohitres cohabitaban sin marchitarse bajo árboles fruteros, los robles rosados y amarillos se erguían directos en dirección a un cielo siempre gris, pero ahora engalanado con el paraíso de plantas y de tersores hecho por él. Todas las señoras de bien le daban asignaciones en casas particulares para realizar primores en sus patios interiores, en sus paseos de entrada, que sembrara y cuidara palmas reales, coqueras, que lograra combinar azaleas con gardenias con rosales y amapoleros de diferentes colores, que trenzara trinitarias espinosas de modo que derramaran sus melenas sobre las terrazas y las azoteas recubiertas con resinas, que diera a la casa olor con sus unguentos para mesas de caobo y para techos a dos aguas, que brillara pisos con la cera ambarina de millones de árboles que Lucas destilaba en los cuartos traseros de su casita en Patagonia. El llegaba y dejaba todo terso, fresco a la piel, resbaloso, protegía superficies del salitre gris que cubría al pueblo como un vaporizo inamovible, y tersaba las arrugas del tiempo devolviéndole palpitaciones secretas a todo tronco o torso que pudiera acoger el regalo de sus dedos. Los dedos de Lucas, algunas señoras circunspectas se habían sorprendidio a sí mismas soñando con los dedos de Lucas, que les sacara de adentro toda aquella sequedad tan cuidada, que las deshiciera en rios de ámbar suculento, densos almizcles olorosos a fragancias profundas y secretas, aquellas de las cuales ellas mismas se protegían, para no poner en tela de juicio su respetabilidad.
Y era extraño como la gente trataba a Lucas, porque ninguna otra sino persona sino Nana y las putitas de los barracones de Patagonia le miraban a la cara o dejaban resbalar ojos por el resto de su cuerpo. Casi nadie le sostenía la mirada, casi nadie se daba cuenta de sus facciones, de la almendra oscura y dulce que eran sus ojos, ni de lo amplia y remota que era su sonrisa. Nadie sino las putas se fijaba en sus amplias espaldas, fibrosas como un ausubo, ni en la redondez perfecta de sus montículos de carne allá encima de los muslos ni del profundo colorizo caobo de su piel, siempre fresca como una sombra. Y nadie se atrevía a tan siquiera soslayar con el rabito de una mirada el cabo de raiz que suculento se avisaba por entre el pantalón, el nudo amplio que prometía troncos de carne oscura y suculenta, pelitos suaves, olorosos a uveros de mar. Ni él mismo se percataba de lo bello que era, porque como todos los demás, sus atención estaba fija en la precisión de sus manos. Sus dedos , largos como de pájaro, terminaban en puntas corvas y afiladas, con diluídas lúnulas al fondo de las uñas. Estas siempre estaban bordeadas de tierrilla y pedacitos de cortezas, estriadas a veces por finísimas fibras de queratina que le creaban texturas magistrales y diferentes a cada una. Las palmas eran anchas, carnosas, con callos en cada falange. Vetas profundas y sutilísimas cortaduras las surcaban de dorso a revés, haciéndole mapitas del destinos por toda la superficie color acerola madura. Pero, sorpresivamente, las manos de Lucas eran suaves, en su fortaleza y precisión; tímidas y suaves como las de cuando era niño y cargaba palanganas de mierda, tímidas, suaves y huidizas en su fuerte presión sobre las cosas. Todos los ojos que se tropezaban con Lucas se fijaban en sus manos, así como tan sólo se enfocaban en la cadenita tintineando en el tobillo de las putas de la Patagonia.
La primera vez que el rio inundó los jardines que Lucas fue tejiendo en la plaza del pueblo, arruinó un ministerio de primores de cuajo. Casi cuatro años le había tomado al jardinero construir su imperio vegetal. Lucas acababa de podar los cedros y los gomeros, de curarlos de parásitos y demás enfermedades tropicales que les aquejaban. Las sangrías de resina se le llenaron de barro, las corrientes deshicieron los torniquetes para enderezar troncos virados por la ventolera. Pero él sabía que esto ocurriría tarde o temprano. Lo sabía desde que empezó a recorrer las riberas en busca de resinas y se percató de que el cauce del rio era artificial, había sido desviado a propósito para cumplir con las necesidades de expansión del municipio. " Las cosas tienen su vida y tienen su muerte y tienen su curso sobre la tierra. Eso no lo puede cambiar las manos de ningún hombre." -- le había dicho la Nana cuando él le contó su descubrimiento. Y fueron providenicales las palabras de la vieja curandera, porque semanas más tarde al rio le dio la gana de recobrar su curso original e inundó al pueblo. La pérdida más grande no fue los jardines del municipio. A causa del infortunio caprichoso del Humacao, murieron más de doscientas personas, casi todas de ellas de Patagonia. Entre ellas la Nana.
Fue cosa del destino. Luego del trabajo y , después de destilar dos galones de resina de tabonuco en los cuartos traseros de la casita de la Nana, fue a buscarle mierda de putas al ranchón. Una de las niñas, amarilla miel como la substancia que acaba de destilar del corazón de los árboles, le abrió a Lucas la puerta, los ojos y la caja del corazón. Era nueva en la cuadrilla, no la había visto antes, pero aquella tarde, se le ofreció por veinte pesos, y él le dejó treinta sobre el tocadorcito de planchas de pino al lado del catre donde hicieron el amor hasta la madrugada. Lejos se oía el estertor de la lluvia mientras él la penetraba suavemente en la primera tanda de caricias y ella se resquebrajó silenciosa para dejar entrar aquel portento de raiz macha entre sus piernas. Lucas estuvo encima de ella, moviéndose como los sauces del cementerio. Notó que la niña no quería sino hacer su trabajo, pero poco a pcco se le fueron humedeciendo los goznes de la entrepierna y a oler a cedro recién cortado. Entonces Lucas se movió con más premura hasta que ella arqueó sus espalditas de zorzal, le pegó el costillal al pecho y se vació en un suspiro lánguido y triste, mientras su vulva latía con él adentro. Tres, cuatro veces ella se le deshizo debajo. Cuando estaba exhausta y desmemoriada, y mientras el aguacero amenazaba con descuajar los planchones del techo del Conde Rojo y el rio rugía y se llevaba enredados a la mitad de los habitantes de Patagonia, Lucas Poubart penetró a la mujer por quinta vez. Con el primer empuje sintió que se le subía al vientre todos los jugos que su cuerpo había sido capaz de producir en todos los años que había existido sobre la faz de la tierra; y se vació completo en aquella mujercita amarilla, mientras ella se cubría el rostro con su pelo, intentando que él no le viera la cara de muerte plena en medio del desastre que fue aquella pasión.
El azar los salvó a ambos. Habían pasado la crecida en la parte más alta de los ranchones del prostíbulo. Pero el resto de Patagonia era pura desolación. El barrio quedaba en un declive profundo, en las cercanías del rio. Las aguas del Humacao habían llegado hasta la plaza y lo que fue peor, había atrapado a Nana en su cuarto de dormir, de donde fue rescatada por los vecinos, profundamente muerta. Cuando Lucas llegó, encontró a los vecinos desenredando el cadáver de la Nana de las sábanas que la habían amarrado a los pilares de la cama. Con un solo grito profundo se deshizo en llantos mientras abrazaba el cadáver de su abuela.
Cerca del mediodía fue que Lucas pudo salir de su estupefacción, soltar el cuerpo de la Nana sobre los mostradores de la cocina e irse a la calle a ayudar a los demás en desgracia. Con el agua hasta la cintura, se topó con montones de personas atrapadas entre los escombros, la tablería, las ramas y los catres de las casas destrozadas por la corriente. Pensando en Nana, y en lo que de ella había aprendido, fue ayudando a desenredar muertos, a salvar a los que aún tenían vida, sacándole el lodo de las narices y masajeánsole los pulmones anegados. Dio respiraciones, calentó miembros, abrazó huérfanos y vuidas. Los llevó a sitios altos, fuera de peligro y, ya al anochecer, se desplomó de agotación en uno de los bancos del refugio que abrió la municipalidad para los damnificados por el desastre. Durmió allí, sin moverse toda la noche.
Cuando Lucas despertó de su sueño, se encontró con que las aguas del rio habían bajado a su nivel. Regresó a su casa, para arreglar los detalles del sepelio de su abuela. No llamó a ninguna funeraria, sino que fue el mismo al cuartucho de destilar savias y limpió su mesa de trabajo, donde trasladó el cadáver ya rígido de la Nana. De entre el desastre del taller, rescató una lata que milagrosamente no se había llevado la crecida. Dentro la lata guardaba un ungüento pesado y de olor pungente que hacía llorar a quien se le acercara. Abrió la lata. Se embadurnó las manos, desnudó a la abuela, y con aquella cataplasma fue masajeando todo el cuerpo hinchado y gris . Le tomó horas ir parte por parte, cara, mandíbula, cuello, orejas, pelo, y luego bajar los dedos y presionar contra hombros, contra los brazos fuertes de aquella mujer que lo había criado desde niño. Le tomó los dedos, tan parecidos a los suyos, los llenó del emplaste destilado, se los humedeció con sus propias lágrimas silenciosas. Le embadurnó el pecho, teniéndo cuidado con aplicarle menos solución en las areólas oscuras. Fue bajando y apretado fuerte hacia abajo por el vientre y luego por las piernas. Se las entreabrió a la Nana, le acarició el pubis canoso y con ternura le fue llenando las grietas de aquella savia, experto, conocedor y humilde en su oficio de devolverle la tersura y la humedad al cuerpo muerto de la abuela. La puso a la sombra tibia, esperó por tres horas. Luego, la vistió con un traje que había comprado dias antes para ella, y se fue al patio, a terminar de hacerle un cajón de madera de caobo pulido, ligeramente teñido de un tinte marrón rojizo que combinaba perfectamente con la piel de su Nana.
A los cuatro días del sepelio, que fue el más hermoso de todos los sepelios celebrados en la Patagonia , fue a buscar a la mujer amarilla a lo que quedaba del ranchón de putas. No la encontró. Nadie pudo decirse a ciencia cierta de sus paraderos. Doña Luba, una de las rameras más antiguas del vecindario, le contó los rumores de que el padre había bajado desde Yabucoa a llevársela. "Ese maldito fue el primero en desgraciarla. Aurelia misma me lo contó recién llegada al barrio. Cuando supo que la había encontrado, aprovechó el desmadre del rio y se fugó. Debe andar escondida por ahí. Si la ves antes que yo, dile que deje el Conde Rojo y que se venga a trabajar conmigo. Si yo la veo antes, le digo que tú la andas buscando."
Mientras esperaba noticias de Aurelia, Lucas se concentraba en reparar los jardines de la plaza. Un dia lo mandaron a llamar de la alcaldía. Allí le informaron que requerían de sus servicios, pero para otro menester que el de recuperar los jardines de la plaza. Todavía quedaban cadáveres flotando por las aguas del rio que la corriente había arrastrado a las afueras del pueblo, cadáveres que nadie había querido ir a recoger y que estaban creando pestilencias. " Son cadáveres de putas. Nadie quiere tocarlos. Tememos lo peor, epidemias, pestes, envenenamientos de agua. No podemos arriesgarnos a dejar que la corriente se lleve estos cuerpos a pueblos aledaños . Un escándalo así mancillaría el buen nombre del alcalde. " Lucas aceptó la asignación, pidió transporte para recorrer las riberas en busca de los cuerpos, y puso la condición de que le aumentaran el salario, y que le otorgaran independencia total en el escogidode árboles y plantas para sembrar en la plaza del pueblo.
Así fue como de jardinero municipal, Lucas se convirtió en rescatador de cadáveres de putas ahogadas. Pues, para su asombro, seguían apareciendo cuerpos de rameras entre las aguas del rio, mucho después de que él rescatara a todas las que habría ahogado la inundación. De vez en cuando, lo llamaban del municipio para que fuera a recoger cadáveres realengos. Otra puta ahogada por "la inundación" decían entre risitas los policías que llamaban a Lucas a trabajar. Se acopló a la costumbre, después de los primeros meses, e iba ya él solo, patruyando las riberas del rio, para economizarle las llamadas a los oficiales y no tener que interrumpir su rutina de jardinero, a la que volvió después de la primera tanda de rescates.
Con los cadáveres recuperados siempre era la misma historia. Primero se tiraba al rio, nadando, para desenredar los cuerpos de entre la maleza que lograba detener la deriva de las putas ahogadas. Les desenmarañaba el pelo para ver si podía identificarlas. Cuando llegaba a ellas, algunas ya tenían los labios picados por los peces, o los párpados poblados de crustáceos, y las tripas habitadas por pequeños camarones y pulgas acuáticas. Era difícil identificarlas, si no llega a ser por la cadenita en el tobillo izquierdo que delataba profesión. A las desfiguradas las cargaba suavemente, como si estuvieran dormidas y las llevaba directamente a la morgue. Con otras, casi todas de muerte más fresca, se encariñaba, no sabía por qué razón. Entonces se las llevaba para la casa. Les preparaba algún aceite con esencia de olor para quitarles del rostro el rictus de la sorpresa de encontrarse ahogadas, el susto de pesadilla en la faz y los músculos. Les acariciaba experto la carne, les destensaba en semblante con las manos pensando en cómo nadie las iría a reclamar, en cómo las tirarían al vertedero, cremadas, sin una sola caricia de despedida, aquellos cuerpos que el pueblo entero había manuseado y de los cuales ahora se querían desentender. " Nadie te quiere tocar," les decía Lucas por lo bajo, "nadie te quiere tocar y nadie sabría cómo hacerlo ahora más que yo." No era gran cosa lo que hacía por ellas, lo sabía. Pero al entregar a la morgue un cuerpo nuevo de aquellos que le provocaban cariño, se enorgullecía de lo bellos que quedaban, con la piel tersa y aceitada, con olor a plantas frescas de menta, con la cara en reposo. Antes de montarlas de nuevo en su guincha municipal, les destrababa del tobillo la infame cadenita de oro, y se la guardaba en el bolsillo de su pantalón. Quizás así las tratarían mejor.
Un día Lucas caminaba por las riberas el Humacao, pensando en cualquier cosa. Hacía tanto tiempo que ya no buscaba resinas, ni que rescataba cadáveres. Todo era sembrar jardines y untar resinas a techos, mesas y sillas en casas de ricos. Se detuvo contra un árbol de caimitos a mirarle las vetas del tronco y acariciarlo con suavidad. De repente se fijó en un montículo de ropas que sobresalía de los pastos altos al otro lado del agua. Afiló la vista, parecía un cadáver. Animado, casi alegre, se quitó la camisa y se tiró a las aguas del rio, lo vadeó con calma, nadando apenas, pues la sección que cruzaba no era tan profunda. Mientras se fue acercando al montículo, vio unas manos pequeñitas con dedos de nena que transparentaban un tinte color ámbar en la piel arrugada y gris. Esta era una muerte fresca, no más de unas cuantas horas, una noche con su madrugada en el agua. Los pies descalzados, con las uñas pintadas de rojo, se veían en reposo total y el en tobillo izquierdo refulgía la infame cadenita. La carne se notaba a través de la blusa y dejaba ver unos pezones de un marrón oscuro que Lucas creyó reconocer. Con el cadáver a cuestas, salvó la otra orilla y empezó su ritual de desenmarañe para verle el rostro a la difunta. Pero no hizo más que sacarla del agua y tenderla al sol, poner una de sus amplias manos sobre la cabeza de la ahogada para que la piel entera se le encabritara de golpe . Era ella, al fin ella. Aurelia, la encontraba, al fin.
Pero estaba muerta . Lucas quiso llorar. No pudo. Ocho meses habían pasado desde la terrible inundación. De aquella mujer tan solo le quedaba el recuerdo de un tacto amanecido, febril, nuevo para él, que tantas superficies había tocado, tantas otras putas había penetrado con sus dedos, con sus lenguas y su piel. Sintió alivio al verse liberado del espectro de aquella tersura que se le acomodó en la piel y no lo dejaba hacer otra cosa sino anhelar a Aurelia. Pensó que ahora volvería a ser el mismo, el mismo que nunca habría abandonado a la Nana una noche de lluvia, el que podía ir a hacer injertos y a hacerse desear por las otras meretrices de Patagonia, que incluso podría buscar una mujer buena con la cual mudarse a la casita y convertirse en el hombre que su Nana crió, redimirla así de una muerte inútil. Entonces descargó a Aurelia en la tumba de la guincha y se dirigió a Patagonia.
Se la llevó a la casa y comenzó a desvestirla. Le quitó los retazos de blusa de algodón, las braga rojas y la falda rota. Le quitó la cadenita de oro, la cual tiró con otras en una taza de peltre que había comprado para aquellos propósitos, sacó los peines que tenía y comenzó por desenredarle el greñal tupido que una vez tuvo entre los dedos la noche entera de los infortunios. Tan pronto como undió los dientes del peine entre el cabello, comenzaron a salir alimañas que él fue matando con la punta de los dedos, arañas de rio, pulgas y larvas de insectos que se habían encajado en aquella miel. Fue peinándola con suavidad y una sonrisa en el rostro. Siguió la faena, hasta que el pelo quedó todo desenredado. Lo lavó con jabón y lo roció con agua de rosas. Esperó a que se secara sentado en un sillón junto al cadáver fresco y húmedo de la niña amarilla. Aún sonriente, caminó hasta su taller de resinas y sacó la lata que ya casi un año atrás había usado para preparar a la Nana para su tumba. Quedaba suficiente solución adentro y hasta sobraba para cubrir el cuerpo de pajarito que yacía sobre la mesa. Nunca lo había usado sobre otra, instintivamente había guardado el sobrante, quizás para aquella mujer.
Con el alma acostumbrada a las catástrofes,
empezó el rito de embadurnarse las manos con la solución. Empezó por los pies, dedo a dedo, tobillos libres de cadenitas , piernas rígidas, toda ella fue quedando aceitada por la resina, que ya añeja, despedía un tenue olor a maderas de todos los tipos y a flores condensadas en un olor vegetal del cual ya no se podía diferenciar ninguno de sus componentes originales. Presionando con atención, fue relajándole los músculos a la muerta, hasta que sintió que la fricción y otra cosa, le devolvía calor a la piel. Con aquella sensación a extrañas temperaturas entre los dedos prosiguió su camino hacia arriba en el cuerpo de Aurelia. Pasó tres cuartos de hora masajeándole los muslos acaramelados y duros con pelitos claros que refractaban la luz del taller. Y allí de nuevo sintió el extraño calor que regresaba, de adentro para afuera a la carne de la muchacha. Lucas vió, como de los muslos salían delicadas gotitas de agua, un sudor que no olía a humano sino a bancos de rio. Sin más que este entendimiento en la mente, prosiguió el masaje, metiendo las manos por debajo de las piernas y presionando las nalgas de la niña que también se encendían con sus dedos resinosos. Sintió un golpe de sangre caliente entre las piernas, se miró erecto, adolorido por las ganas de frotarse entero con ella sobre la mesa del taller.
Lucas sacudió la cabeza, pausó para ver cómo, de la mitad para abajo, su putita ahogada había recobrado algo de color, y emanaba olores vegetales por los poros que expulsaban lo anegado. Se volvió a embadurnar las manos y esta vez las posó, precisas en la cara de la muerta. Fue haciendo círculos con los dedos sobre la frente, los pómulos, los párpados que cerró y abrío, para volver a cerrar y dejarla descansar de las presiones. Los labios, la mandíbula, los huesos del cuello y de la nuca, que compuso, poniéndolos en su lugar. Los hombros y clavículas quedaron relajados bajo la presión de los dedos del jardinero. De medio lado la viró para aplicarle resina en las espaldas, hasta las nalgas ya calientes que perspiraban contra la madera de su mesa de trabajo, contra las palmas de sus manos y sus mapas del destino, contra el ansia de Lucas que seguía creciendo no empece a su concentración. La volvió a voltear para aplicarle resina sobre las tetitas de adolescente, tan turgentes, tan suaves. El calor de la resina las hizo soltar el agua del rio que habían chupado en su deriva. Los pezones duros y oscuros cobraron tintes de magia y ya Lucas no pudo más. Se desnudó completo, se puso un poco de resina en la pelvis, el pubis y en su verga. Mientras le abría las piernas a la ahogada sintió el picante calentón de aquel unguento viscoso, se sentía quemar. Con los dedos destrabancó la vulva de su amada y allí mismo, sobre la mesa del taller de injertos y maderas, fue penetrando a la dulce Aurelia, a la Aurelia de ámbar y resinas, a su putita amada para al fin, al fin llenarla de calor. La muerte era un simple giro del azar. Su manos no podían espantarla. Pero su pinga y su resina, aquel ardor que regresaba envuelto en consistencias vegetales, ese sí estaba presente, producto de sus manos y su espera, de su insistente recuerdo empotrado en los dedos y en la piel.
Se le vino adentro, contrayendo todos los músculos de la espalda, se le vació como un zurrón de leche entre las piernas, le gritó al oído que la amaba. Que la quería como era y para siempre. Se quedó dormido sobre el cadáver y soñó que la niña amarilla lo rodeaba con sus brazos y le daba besitos de amor.
Al despertar, Lucas fue hasta la taza de las cadenas de oro, recogió la de ella y se la puso de nuevo al tobillo. Puso el cuerpo a sombra tibia, se fue al pueblo y volvió con dos grandes bloques de hielo, un cuchillo de monte y botes de latón, de los que usaba para recoger resinas. Aprovechó para decirle al municipio que buscaran a otro para rescatar putas ahogadas, y volvió a sus jardines, a sus paseos en busca de resinas y a sus escapaditas, cada vez menos frecuentes a los ranchones de mancebía de la Patagonia. Tres veces a la semana, se encerraba en los talleres de la casita maternal con una lata llena de unguentos y una botella de agua florida y no salía hasta la madrugada, sonriente y lleno de sudores pegajosos en toda la piel.

sábado, 31 de marzo de 2007

Medellín y la lengua: micro-crónica#2


El aire huele a gasolina quemada y a lluvia. Estoy en Medellín, tierra montañosa y mojada. El verde lo impregna todo. Aquí se han dado cita 60 escritores del Grupo Planeta. Yo incluída. Me enteran de que, como parte de las celebraciones, visitarán la ciudad los Reyes de España. Es la segunda vez en mi vida que me topo con ellos- una, como estudiante en Puerto Rico, durante los años 80. Y la otra ahora.

La cuidad es una cuidad proleta- se nota. El centro está lleno de talleres, tiendas, bellos chichorros yerberos con cuanta rama de especias y hojas para tés medicinales se pueden imaginar. Entro a una, nada más que para aspirar. El olor contrarrestra el ácido gas de la contaminación.

La cuidad se levanta. La gente es cálida y accesible, con esa accesibilidad de quien trata a los extraños como si fueran vecinos de toda la vida. Trato proleta. Por las calles me detienen gentes que me han visto por televisión, dando mis charlas. "Y ¿dónde puedo conseguir tus libros? Yo escribo mi poquito también" me dicen. "te voy a hacer llegar mi poemario. ¿Te están tratando bien? ¿Te estás amañando?'

Recorro la cuidad dos veces; una con Rosa Beltrán, la escritora mexicana. Con ella visitamos el parque Botero, la Biblioteca EBLM hasta el barrio Boston y la biblioteca parque La Ladera. Tierra de sicarios. Pasamos una tarde hablando con los chicos de literatura. Si para esto sirve ser escritora, creo que escogí la profesión que más me cuadra. Me encantó hablar con los muchachos del lugar.

La segunda vez fue con Fernando (de Afaguara Argentina) y mi amiga Marisol Palés. Fuimos hasta la Catedral Basílica Metropolitana. Desafié a Fernando a que contara los ladrillos que la componen. Dicen los paisa que esta es la construcción en ladrillos más grande del mundo.

Los paisa, tan orgullosos de su ciudad...

Pero lo que más asombra es cómo logran de un brochazo borrar la imagen de violencia y de metralla que para el mundo puede ser Medellín. El Cartel se difumina bajo la sombra de las estatuas de Botero. La coca desaparece bajo los olores de las boticarias. La gente, pujante, reconstruye su cuidad, el imaginario de la cuidad. Como si la lluvia estuviera ayudando a limpiarla todas las tardes.

martes, 27 de marzo de 2007

Tocumen desde el aire- micro-crónica #1


Los barcos flotan en el aire líquido del horizonte. Uno tras otro, por decenas esperan su turno para cruzar el itsmo. El caldo dorado del mar, del viento vuelto agua, los suspende. Allá una nube también zurca el espacio. La matriz esférica es continua.

Nos aproximamos a Tocumen, Panamá.

El lugar me abre sus puertas como una casa extraña y familiar. Otro puerto duty-free, que se conecta directamente con Manaus, en el Amazonas (también duty-free, oh, lo gobal). En medio de los pasillos de Tocumen hay tiendas de todo tipo- maletas, perfumes, chocolates, relojes. Bullicio de viajeros. Desde el Cono Sur y por negocios. Desde la selva, indias puna chocan con mulatas inversionistas con los pelos pintados de rojo y maletín en mano. Un árabe me mira insistentemente. Será que hoy me veo bonita. Voy para Medellín. Pero antes , debo cruzar Tocumen.

En el aire un abogado (el Lcdo Alemán) de regreso de Virgen Gorda me cuenta sobre las nuevas inversiones. Trabaja con bancos, le gusta la literatura. Los Motta, dueños de Copa, han comenzado un desarrollo residencial-turístico de miles de millones de dólares. "Hay mucho por hacer todavía. El salario mínimo es de $275 dólares al mes y eso no da ni para comprar una canasta básica. Pero vamos tirando. La cuestión es reducir el desempleo. Subir las inversiones." Hacia el este se levantan nuevos rascacielos junto a las costas de un mar fangoso que, sin olas, se convierte en mangle. Panamá City. Puerto de Tocumen.

Cruzo los amplios pasillos de increíblemente post-modern aeroport. Perfumes, chocolate, maletines. El árabe me sigue mirando. Recibo una llamada por teléfono, la amniocentesis salió bien. Va a ser nena. Recibo la noticia en Panamá. Llamo a Mario y él grita de felicidad. Ya quisiera correr a abrazarlo, pero voy rumbo a Medellín , al IV Congreso de la Lengua, via Panamá. Ya va a salir mi avión. La matriz me espera en su ingrávida esfera- sin límites ni diferencias.

Otro día regreso a Tocumen. Ahora vuelo.

domingo, 25 de marzo de 2007

Gracias pero no gracias: respuesta a "peor que ser negra"

Desde Medellin leo el articulo de Angela Lopez- Borrero dedicado a mi, a Isabelo Zenon y que me supongo se publica en conmemoracion del Dia de la Abolicion de la Esclavitud. En el la escritora habla de que existe una discriminacion de clase que hace que muchos blancos sufran una discriminacion peor que la de haber nacido negros.

Lei el articulo y quede profundamente perturbada. No supe ni se como asumir su dedicatoria, si como un elogio o como un nuevo ataque a un supuesto privilegio del cual gozo ahora, un supuesto exito al cual he accedido despues de multiples anos de esfuerzo y de haber gozado de mucha suerte, por que negarlo. O quizas si la dedicatoria funciona como un 'curarse en salud". Tal vez me atrapa mi paranoia... Solo me resta decir...

Angela, gracias, pero no gracias...

No creo que uno deba desacreditar o minimizar una discriminacion comparandola con otra. A fin de cuentas, ponerse a argumentar que un hombre falsamente discriminado como "abusador" a veces sufre mas que una mujer maltratada o que un blanco pobre sufre mas que un negro es comparar marginaciones que son, cada una y por derecho propio, reales y vindicables. Existimos en un mundo que intenta reducir su marco de privilegios a unos pocos y que, precisamente por eso, organiza una serie de marginaciones para crear metodos de exclusion. Hay exclusiones de raza, de clase, de orientacion sexual, de genero, de etnia, de nacionalidades, de capacidades o discapacidades. Creo que es un gravisimo error ponerse a comparar que marginacion es peor que otra- si ser negra o ser autista, ser dominicano o ser arabe o ser homosexual, o ser un homosexual arabe con discapacidades motoras que ser una blanca pobre que se siente peor que una negra... No terminariamos nunca de discutir , nunca de dividirnos, nunca de disipar ese sabor a cosa podrida en la boca que nos hace desconfiar de otros marginados. Es como sentarse a esa cena familiar donde las tias se ponen a discutir cual de todas es la mas enferma. Cual la mas jodida, cual la que merece mayor atencion. No me gustan esas escenas de pena y frustracion, de exigir validacion a costa del hermano, de la hermana de al lado. Creo que deben existir maneras mas saludables de hacer valer el dolor propio.

Otra cosa que me perturba es la disasociacion tan facil que propone este articulo entre clase y raza. Existen muchas caras de la pobreza- caras blancas, caras asiaticas, caras hidues, caras indias. Pero, por lo menos en este mundo en que nos toco vivir y segun las estadisticas que conozco, la mayoria de la gente negra ES POBRE. Son contadisimas los casos de negros ricos, inclusive de negros de clase media alta en Puerto Rico. Lamentablemente ,los estudios de raza son un tema que incomoda tanto que nisiquiera puedo ofrecer data para apoyar mi argumento. No existen estadisticas que midan la cantidad de negros ricos o de clase media alta en el pais. Nadie ha hecho ese estudio. Pero si hay datos de lo contrario. La mayoria de las carceles, hospitales psiquiatrico-forenses, residenciales y casas para deambulantes estan llenas de gente negra. Haga un google search y compruebelo usted misma.

Asi que la pregunta a hacerse (si es que una quiere insistir en hacer esa pregunta que, repito, plantea graves problemas acerca de la posibilidad de la solidaridad entre seres humanos) no es si es peor ser una blanca pobre que una negra, sino si es peor ser una blanca pobre que una negra pobre. Clase y raza van cogidas de la mano en la mayoria de las vidas de la gente que nace en sociedades post-esclavistas. Eso es asi, Angela. No se puede tapar con un dedo 500 anos de historia.

El clasismo es terrible, pero se vive de diferente forma si ser pobre va combinado con ser mujer y jefa de familia, por ejemplo, o con ser mujer, jefa de familia y negra. O ser jefa de familia, pobre y lesbiana, o ser pobre, jefa de familia, blanca y vivir en la ruralia. Repito, estar marginaciones se viven de manera diferente- no peor ni mejor la una que la otra. Seria interesante saber si esa diferencia une mas de lo que desune, si el conocer las distinas maneras de vivir la pobreza podrian juntarnos para poder todos juntos pelear contra ese mal que aqueja a mas del 75% de la poblacion mundial. A mi, por ejemplo me encantaria participar de una lucha como esa porque nunca me he sentido peor que una blanca. De hecho, mi interes siempre ha sido sentirme exactamente igual a cualquier otro ser humano y solidarizarme con su lucha para lograr aun mas igualdad entre todo ser humano.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Roncagliolo en Puerto Rico- crónica de un encuentro



El pasado lunes 19 de marzo estuvo visitándonos Santiago Roncagliolo. Al fin cumplió su promesa, una que me hiciera en la Feria del Libro de Miami en noviembre, donde nos conocimos. "Tú descuida, que yo llego a Puerto Rico" dijo. Ya veo que , además de un tipo fenomenal, es un hombre de palabra.

Vino a presentar su "Abril rojo" y a hablarnos su oficio y su pasión por escribir. La presentación en la Librería "La Tertulia" quedó regia (pronto en You-Tube). Luego tuvo otra en la Universidad Metropolitana que incluyó coctel y bailes folclóricos peruanos (pobrecito Chago..., le tocó ser escritor nacional). Y por último, Santiago visitó mi casa, donde toda una recua de nuevos amigos le cantamos "cumpleaños feliz", o , como él diría, mofándose del acento boricua, "japi beldei tu yú".

Al otro día de su llegada, Santiago, Bárbara Forestier (Directora de Derechos de Autor de Alfaguara) y yo nos encontramos en la playa del Fortín, cerca de la roca del perro. El no conocía el mito y no sé si entre las miles cosas que nos contamos (chismes del mundillo de escritores , mi preñez de tres meses, su reciente matrimonio y conversión a terrateniente, los amores de los amigos... ) yo le relaté la leyenda. Ella cuenta la historia de un pescador que se lanza al mar en busca de un peje gordo que se le escapa. Deja a su perro esperando su retorno. El perro, fiel a su amo, aún lo espera, convertido en roca. Repito, no sé si le conté la leyenda . Se quedaron muchas cosas en el tintero: mi agradecimiento por compartir en mi casa, con mi compañero y mis amigos, su increíble disposición a la alegría; contarnos los planes para nuevas historias... Fue una noche espectacular.

Lo que sí quiero dejar constar es la sorpresa y el aprecio que siento por esta nueva camaradería que se va forjando entre escritores latinoamericanos de nueva camada. Nos conocemos, nos leemos, nos apoyamos, hasta nos tenemos cariño. Es increíble y alentador saber que hay otros seres de la misma especie que se buscan y se ofrecen lealtad. Me alegro por mí, por nosotros, por la sana compatencia, por las mejores novelas, en fin por los lectores ( los que nos leen y los que somos), por este mundo que habitamos que , al fin y a la postre, es el mundo de la literatura. Presiento que no es el mundo de una literatura endiosada, sino de una literatura cotidiana, que incluye playas, viajes, tragos, chismes. Quizás así es que viven la literatura todos los escritores y yo sólo me entero ahora. No importa. Me estoy gozando esta pérdida de una inocencia.

Sólo me resta darte las gracias Santiago, por la visita. Aquí te esperamos, cerca del mar. No nos dejes convertirnos en piedra, okei...

sábado, 17 de marzo de 2007

Regresar a la isla


Me ha dado por comenzar un blog. Creo que es una manera novedosa de comunicarme con lectores posibles. Con posibles amigos. Vamos a ver cómo funciona. Sobretodo después que regreso a la isla de este último viaje y me peparo para el próximo. Parto a Medellín, Colombia y luego me aquieto por un rato. Quisiera que "Lugarmanigua" fuera eso- una bitácora de viajes.