martes, 17 de abril de 2007

Brevísimas violencias: micro-relatos

-Para la otra vez que lo mate- replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.

“La muerte y la brújula” Jorge Luis Borges

Brevísimas violencias


1.

La madre, con el labio aún ensangrentado, mira el reloj. Ya se hace tarde y la hija no llega. Se sienta en la parte más osccura de la sala, pacientemente, a esperarla. Le molesta su correa ancha de cuero. La desata con los dedos un poco temblorosos. Ahora siente que le tiemblan las manos.

Oye ruidos en la marquesina. Es su hija, que acaba de llegar. Cuando la ve entrar por la puerta de la sala, espera a que ella le de la espalda. Allí le descarga el primer correazo. A ese le sigue otro y otro. Ahora no le tiemblan las manos. Ahora su brazo es un fuetazo eléctrico, una furia, toda la fuerza de su brazo de madre.

La hija corre, se tropieza con una pata de mesa, se cubre la cara, se arrastra por el piso gritando “¿por qué me das, mami? yo no he hecho nada, no he hecho nada”.

“Para que aprendas a respetar, malcriada. Si te digo que llegues a una hora, llegas a esa hora y punto”. le dice la madre descargando su brazo de cuero que ya no controla, que ya se mueve por un resorte propio que no parará hasta ver sangre.

“No lo vuelvo a hacer, mami, para ya.” solloza la hija vuelta un ovillo de carne hinchada en el piso del pasillo.

La madre mira a su hija sufrir, sufre con ella, pero no puede parar la descarga de su brazo. Han sido sólo unos minutos de tardanza. En realidad, su hija no ha hecho nada malo. Pero su brazo piensa lo contrario. Su brazo piensa que lo que la niña lleva en la sangre sí ha faltado y por eso debe recibir cruel castigo.


2.


El 15 de junio, en el Centro Judicial Metropolitano, el cartero Lemuel Marrero fue declarado culpable de asesinato en primer grado, por la muerte de Ernesto Quintín Rosas, su vecino.

De camino a la penitenciaría estatal donde pasará el resto de sus días, Lemuel Marrero recuerda las palabras del juez y se pregunta por qué no sintió nada al oir el veredicto. “Culpable” dijo el jurado. “Cadena perpetua”, sentenció el juez y Lemuel Marrero lo único que piensa es en cómo las palabras se oían como si rebotaran contra las paredes de un pozo seco.

Así mismo se sintió cuando disparó tres veces su revólver en el pecho de Agustín Rosas. Ese día, Lemuel se levantó como siempre, desayunó como siempre, y cruzó la calle hasta donde estaba su vecino, desyerbando el jardín. Le pidió prestada la podadora de grama. Su patio estaba en perfectas condiciones. Pero de todos modos se la pidió. Tino le vino con evasivas, recordándole a Lemuel que la última vez que le prestó las tijeras de podar, se las había devuelto rotas. Hubo un pequeño altercado. Nada grave. Lemuel empezó a oir un extraño retumbe de palabras, como envueltas en un eco. Como si las palabras rebotaran contra sí mismas, se viraran en su eje, y entonces rebotaran contra su pecho, invertidas. Lemuel Marrero dejó a Tino con boca abierta. Cruzó de nuevo la calle, buscó su revólver, caminó hasta donde estaba el vecino y disparó.

De camino a la cárcel, se pregunta por qué no siente arrepentimiento alguno. Ni un poquito. No es que odiara a su vecino. De hecho, casi no lo conocía. Lo que sí no soportaba más era esa cosa extraña que pasaba cuando Tino le habló aquella mañana. O cuando a veces le hablaba algún cliente del correo. O con el juez mismo, cuando le anunció su veredicto. Es más, si hubiese tenido acceso a un revólver, también le hubiera explotado el pecho, la cara, la garganta al juez. Le hubiera vaciado su arma encima hasta verle el pezcueso roto , chorreando sangre. Todo con tal de no oir aquel retumbe de palabras huecas rebotándole en el pecho.


3.
El jueves pasado, Francheska Vilá acorraló finalmente a su esposo escapado del hogar. Edmundo Ortigas, el marido, andaba acompañado de la sobrina adolescente de la Sra Vilá. Pararon frente a la panadería los Jimaguas, que hace esquina con una concurrida intersección.

La Sra. Vilá los sorprendió bajándose del carro. A su esposo le gritó con todas sus fuerzas que lo amaba más que a la vida misma. A su sobrina la agarró del brazo y se tiró con ella frente a un camión de carga que en esos momentos cruzaba la intersección a gran velocidad.

Debate en la Blogosfera



Hace poco, el cuentista y estudiante de periodismo Sergio C. me envió unas preguntas por internet para abrir un debate acerca de la escritura en blogs y su influencia en el campo cultural actual en Puerto Rico. Yo las contesté como quien contesta cualquier entrevista, pero después me di cuenta de que este debate era de importancia central, de incumbencia actual; es decir, que este debate que propone Sergio es de lo más interesante se está dando en la discusión literaria en la Isla.

Sé que en el mundo, o en la Blogesfera, debo decir, preguntas y respuestas similares andan circulando por ahí. En el blog de Pedro Mairal, aparecen comentarios de su última participación en un congreso de Blogs en Malba, Argentina (accesar el link "Pedro Mairal" y su conexión con perfil.com). Otro debate interesante aparece en el blog de "Cholonautas" acerca de la aparición de una blogofsera en el Perú. Cristina Rivera Garza dio una charla aquí en Puerto Rico sobre el tema. En Seúl se dio otra conferencia donde escritores mexicanos visitaron la capital de Corea del Sur para hablar sobre los blogs y su pertinencia en el estudio y difusión de la literatura latinoamericana.

Algo está ocurriendo, cibercompas. Creo que Sergio C. ha puesto el dedo en la llaga.

He aquí el debate al que me convocó. Ojalá suscite más respuetas (y mejores que las mías) y sobretodo más preguntas.

Las preguntas son de Sergio. Las respuestas son mías.

  1. Antes de enterarte de los blogs y sumergirte en ese mundo, ¿cómo veías la literatura en/o frente al Internet?
No la veía. O más bien, no la pensaba. A los libros los prefiero leer en la cama, así que no me entusiasmaba leer literatura en una pantalla, sentada frente a un escritorio, incómoda. Me parece que la longitud de la literatura que me interesa no me funcionaba en el medio. El internet siempre lo he usado para hacer negocios o investigación. (No me gusta escribirme con mis amigos por internet, aunque a veces lo hago)

Los blogs o bitácoras son otra cosa. La longitud , el formato y la interactividad me han atrapado

¿Cómo, si lo hiciste, participaste en el Internet "literario" antes de los blogs?

Enviaba aratículos a revistas electrónicas o contestaba entrevistas como estas que luego aparecían publicadas en el mismo medio. Hasta ahí mis contribuciones. Y mis lecturas.

¿Cómo te enteraste de los blogs? Por tí. Es decir, por mis estudiantes.
¿Te llamaron la atención?
¿Cuál fue tu primera reacción ante ellos?
Me interesaron mucho cuando me dí cuenta de que muchos escritores que respeto (publicados, no publicados, emergentes y establecidos) utilizaban el medio como si fuera un "periódico personal". Eso me interesó muchísimo.

¿Qué es un blog para ti? Una mezcla entre revista cultural, periódico, espacio para ensayar ideas, diario. Eso, una bitácora de viaje. No es , para nada, el sustituto de un libro. Incluye a más gente y expone reflexiones más heterogéneas.


¿Qué te llevó a crear uno? Tú, es decir, mis estudiantes. Como nunca me enseño a mí misma en clase (me da vegüenza) y sé que muchos estudiantes y lectores profesionales y entusiastas leen blogs, quise incursionar en este medio para capturar lectores jóvenes. Para hablarme con escritores jóvenes. También para capturar lectores internacionales.


¿Cómo han cambiado ahora? ¿Mis intenciones.? No ha cambiado todavía.

¿Ves al blog como un lugar para publicar trabajos inéditos? No.

¿Cómo lo ves frente al pequeño mundo de revistas literarias en la Isla?
No lo veo en relación a las revistas literarias, que creo que son un fenómeno ya superado. Me explico. Sé que durante las vanguardias hasta los años 70, las revistas literarias fueron clave para el surgimiento de movimientos literarios y de escritores. Pero desde los 80 para acá, no cumplen con su función a cabalidad. Yo misma fui miembro de 2 revistas literarias (Filo de Juego y Tríptico) pero ninguna duró mucho. Es decir, no pudimos sostenerlas lo suficiente como para que se cuajara este susodicho movimiento literario. Quizás por eso, mi generación es una generación fragmentada, no-unificada, "soterrada" se la ha llamado. En fin, no estudiada. Fuera de Sótano, no creo que otra revista en P.R. haya tenido la importancia que las revistas literarias han tenido en el pasado.

No, yo creo que los blogs son otra cosa. Sí son una oportunidad para publicar y pulirse, pero no ofrecen la cohesión ni la acción conjunta que supone la publicación de una revista . Y por lo tanto no creo que ayuden a la formación de movimientos literarios. Habrá que ver los efectos del "blogeo" en la literatura actual. Creo que va a ser bien interesante auscultarlos.

¿Cómo ves al blog frente al trabajo impreso, de por si?

Creo que son dos medios diferentes que requieren dos "posicionamientos" de lectura diferentes aunque no excluyentes. Mírate por ejemplo el blog de Yolanda Arroyo, o el Pozo de tales o el de Nicole Cecilia o el de Pedro Mairal o el de Cristina Rivera-Garza. Son hipertextos que invitan a una lectura visual (algunos, ie. Pedro Mairal, el pozo de tales, Nicole Cecilia) o a una experiencia fragmentaria de la lectura , como si estuvieras leyendo remanentes de textos, a lo Safo (una neo-arqueología de la lectura, una literatura evanescente (No hay tal lugar de Rivera-Garza). Leer esos blogs es una aventura en sí. Uno no sabe qué se va a encontrar.

También están los blogs más "tradicionales" ie. los de Edmundo Paz -Soldán o el de Santiago Roncagliolo en "Boomerang" o "narrativadeyolanda" que son como sesiones de artículos y crónicas o falsas crónicas o antologías personales. Hay de todo. A mi me gusta la aventura de leerlos y adivinar a dónde quieren que se me vaya el ojo y la conciencia.

Mucha gente no le da mucha importancia al trabajo publicado por Internet por falta de "materialidad", lo ven como textos flotantes que sólo pueden ser considerados "serios" una vez publicados como "dios manda". ¿Se merece el trabajo publicado en la Red la misma seriedad que el impreso?

No, se merecen ser vistosy estudiados con una seriedad distinta. Un medio, repito, no depende del otro. Son dos ejercicios diferentes de escritura.


Aún con tu propio blog como espacio personal, ¿prefieres publicar en periódicos/revistas/libros/etcétera? No lo prefiero. Me gusta hacerlo también. Yo lo veo así. Hay cosas que escribo a lápiz, otras en computadora para que salga impreso en periódicos o revistas, otras cosas para que salgan en libro y otras para que nunca salgan del espacio virtual. Una tecnología no tiene por qué invalidar a la otra. Pueden convivir. Ahora, sería interesante preguntarse cómo uno podría publicar una antología de textos-blogs, si quisiera hacerlo...

¿Qué piensas de la comunidad, la llamada "blogosfera"?

No la veo aún como "comunidad". Esa palabra no me cuadra para pensar o definir las interacciones (impunes por lo carentes de "materialidad") que se dan via internet. Es bien fácil leer un blog y criticarlo con la peor malaleche, porque nadie te puede "ver la cara' . Por que no cuesta nada. Ergo, no existe la mediación, ni la negociación, ni el trazado de una meta común. A veces no existe ni la relfexión. Está cool. Eso también vale.

Por otro lado, me fascina que gente se lea y se "conozca" sin jamás haberse visto. Que habiten mundos paralelos en los cuales en uno son enemigos, en otro amantes, en otro cómplices y en otro (quizás el más material) desconocidos. Pero a eso, llamarle "comunidad" me cuesta todavía.



¿Cómo piensas que afectarán los blogs a la literatura puertorriqueña, en general?
Ni idea.


¿Podrán reemplazar las revistas impresas? ¿Crear alguna división entre los "escritores impresos" y "escritores cibernéticos"?

Sería una interesante guerra intelectual si eso se diera. Ojalá ocurra ese enfrentamiento.


En fin, ¿es el blog un tipo de taller, un diario de opinión, un lugar donde publicar lo "menos bueno", mientras que lo que realmente vale la pena se publica en la imprenta, como se ha hecho desde Gutenberg?

En la imprenta se han impreso desde magia hasta mierda. La mediocridad existe en todos los medios de publicación, a dios gracias. Recordemos el refrán "el papel todo lo aguanta". Habrá que añadirle "el internet también y con mayor capacidad de almacenamiento."

El blog es lo que cada escritor quiere que sea. Eso es lo que me fascina del medio. Que aún carece de "reglas de buen uso" . Hay ciertas experimentaciones que yo creo que no se pueden dar en la página impresa, sobretodo si esa página se la quieres vender a editoriales internacionales que ya tienen su sistema de empaque. En el internet, la experimientación se da y nutre lo impreso.

De la misma manera, hay una pelea con las reglas, poderes y exclusiones en el medio impreso que fuerzan al escritor a probarse y a proponerse como voz. Hay mediación y forcejeo con "the powers that be" . A mi me nutren y me retan esos forcejeos. Y nutren mi escritura "evanescente" del blog. Me gusta esta vaina, que las dos posibilidades coexistan por un rato. Vamos a ver qué pasa con ambas. Apuesto a que se van a influenciar... y sobretodo, van a influenciar los modos de lectura en el futuro.


Muchas gracias, otra vez.


Gracias a ti, Sergio.

viernes, 13 de abril de 2007

Moisés Agosto: la literatura y la vida

Escribir sobre Moisés Agosto es asunto arduo. Por décadas entregó alma vida y corazón a la lucha contra el SIDA. Sin embargo, su sueño siempre había sido ser escitor. Muy esporádicamente publicó poemas en revistas y antologías. Con un amigo sacó la colección "Poemas de la Lógica Inmune" en el 1991. Lo demás fue lucha y silencio.

Este año del 2006, casi 15 años después de su primera publicación, sale su colección de cuentos "Nocturno y otros desamparos". Por la calidad del texto, por sus cinco semanas consecutivas entre los primeros libros en venta en el país, pese a ser publicado por una editorial local y pequeña, Moisés Agosto presenta rotunda evidencia de su calidad como escritor. No es un escritor "ocasional" ni un aficionado que publica. Es, en cambio, una pluma de lenta maduración que buscó su educación sentimental en los libros, pero sobretodo en la vida.

Ex-mita, activista contra el Sida, sobreviviente del mal y escritor de "Nocturnos"... Aquí las respuestas de Moisés Agosto para Lugarmanigua.

Si pudieras escribir con otro órgano que con la
> mano, ¿cuál escogerías?,
> ¿Por qué?

Creo que lo uso todos para escribir, pero si tuviera y
pudiera literalmente escribir con otro órgano que no
fuera la mano escogería mis ojos. Para mi
escribir es saber poner en palabras la mirada.

> 2- ¿Qué libro estás leyendo ahora mismo?

Nieve de Orhan Pamuk

> 3- ¿A qué personaje de la historia te gustaría matar
> bien lenta y
> dolorosamente?

A George W. Bush,Jr.

> 4- ¿Sobre qué tema no escribirías jamás?

Esta pregunta me parece imposible contestar. Los temas
llegan sin aviso. Es difícil para mi, con total y
absoluta certeza, señalar un tema del cual no
escribiré. Los temas te escogen a tí, no tú a ellos. A
parte de que los temas son infinitos en la medida en que
se le asignan diferentes perspectivas, tonos y
miradas.

> 5- ¿Quienes te hubiera gustado que fueran tus padres
> literarios? Es decir,
> si pudieras casar a tal escritor (hombre o mujer)
> con otro u otra para que
> te pariera, ¿a cuáles dos escogerías?

Una mezcla de Cesar Vallejo, Felisberto Hernández y
Angela María Davila. Me imagino que los trios cuentan.

>

jueves, 12 de abril de 2007

El Chascas o mil formas de escribir


Conocí a José Ignacio Valenzuela (Chile, 1972) en Miami, en un taller de novela para el cual me había contratado la Feria del Libro de Miami-Dade. De repente lo ví llegar/llenar el salón de conferencias con sus 6 pies de alto y su cabeza toda llena de rizos. Parecía una extraña muñeca posmo/tirolesa. Mahones, camiseta, ojos azules, pelo rubio, esbeltez y una mirada de inocencia que engaña. Engaña, porque El Chascas es terrible. De disciplina inquebrantable, y una impresionante capacidad para el trabajo, José Ignacio ha trabajado desde los quince años escribiendo. A los 17 se emancipó. A los 21 se casó, a los 28 se descasó. Ahora, aquí en Puerto Rico se ha vuelto a "arrejuntar". Ha vivido en México, Londres, Nueva York, viajado por Hong Kong, Tailandia y el Caribe y todo ese tiempo ha vivido de la escritura .

Telenovelas, guines de cine, cuento y una novela. José Ignacio Valenzuela escribe. Escribe todo el tiempo. Escribe y hace negocios con la tinta. Sería interesante conocer sus maquinaciones internas. Por eso lo convidé al juego de las 5 preguntas. He aquí sus respuestas...

1- Si pudieras escribir con otro órgano que con la mano, ¿cuál escogerías?,
¿Por qué?
Eligiría las vísceras, porque ellas no mienten ni engañan. Si se te
revuelven al estar en presencia de un tema, es que has encontrado algo de lo
cual escribir. Son sucias, fieles, traicioneras, ocultas y vitales, todas
condiciones que también debe poseer un escritor.

2- ¿Qué libro estás leyendo ahora mismo?
"Terror, Inc.", de J.C. García.

3- ¿A qué personaje de la historia te gustaría matar bien lenta y
dolorosamente?
A quien convirtió este mundo en un lugar mucho más hostil de lo que ya era:
George W. Bush. Estaría días y días dedicado sólo a pisotearle la sonrisa
cínica.

4- ¿Sobre qué tema no escribirías jamás?
¿Existen temas sobre los cuales no escribir? Hago siempre lo contrario de lo
que me dicen que haga, incluso desobedezco a mi voz interna que se esfuerza
en darme buenos consejos. Y si por algún motivo mi mente, o mi corazón, o mi
estómago me censuran un tema, de seguro ahí iría yo, derechito a escribir
sobre él.

5- ¿Quienes te hubiera gustado que fueran tus padres literarios? Es decir,
si pudieras casar a tal escritor (hombre o mujer) con otro u otra para que
te pariera, ¿a cuáles dos escogerías?
Me gustaría tener por padres literarios a María Luisa Bombal, porque es tan
etérea y buena escritora que parece de mentira. Y por padre me gustaría
tener a Michel Houellebecq que, por el contrario, es tan concreto, violento
y humano como la más feroz de las bofetadas.

miércoles, 11 de abril de 2007

YOLANDA ARROYO o la escritura como SUMMA


Yolanda Arroyo es una de las autoras noveles que más me entusiasma. Sus cuentos, elegantes y palabreros, perfilan mundos distantes e infinitos. Los personajes abarcan las más disímiles profesiones: pueden ser desde secretarias de agencias de construcción, hasta marineros, depredadores de la noche, niñas judías en los tiempos de Cristo o esclavas africanas antes de la abolición. Su manejo de mundos ilimitados me hace pensar en Sor Juana y en su afán por el conocimiento. De hecho, si algo reúne los amplios registros de Yolanda es ese afán por conocer los detalles del mundo, como si éste fuera una summa ( a lo summa teológica) de conocimientos que mostraran la ruta hacia la verdad. Sólo que la verdad en el mundo siempre es elusiva, siempre es engañosa y está más allá de la posibilidad del conocimiento.

En la clase graduada de Teología "Creer y Crear" ofrecida en la Universidad Central de Bayamón, oí decir a Yolanda: "De chiquita, esperaba al vendedor de enciclopecias Cumbre a que trajera el tomo de la semana a casa de mi abuela, que fue donde me crié. Era en ese tomo de enciclopedia donde me escondía del mundo. Así creció mi afán por la lectura y por el conocimiento. Sigo siendo esa niña que quiere conocerlo todo, dar con todas las respuestas entre las páginas de un libro. Allí encontrar " la verdad". A la vez, soy la mujer que cree que nunca va a dar con ella, y es esa sospecha lo que me mueve a escribir y a la vez me carcome por dentro."

Por eso me decidí a entevistarla. El concepto es simple, contestar unas 5 preguntas un tanto juguetonas para hablar de las maquinaciones internas de un escritor. He aquí el resultado del juego.

1- Si pudieras escribir con otro órgano que con la mano, ¿cuál escogerías?, ¿Por qué?

La boca. Creo que el mero acto de la oralidad provee a la boca como digno sustituto a la mano en caso de que estas faltasen. Además, la boca puede ser tan o más seductora que la mano y he visto como se rehabilitan muchos luego de accidentes que los privan de sus manos. La boca me brindaría la flexibilidad necesaria y la comodidad que se requiere para escribir .

2- ¿Qué libro estás leyendo ahora mismo? Leo “Sin sangre” de Alessandro Barricco


3- ¿A qué personaje de la historia te gustaría matar bien lenta y dolorosamente? A Hitler. Le echaría sal a cada una de sus heridas.


4- ¿Sobre qué tema no escribirías jamás? No sabría cómo escribir sobre el nazismo, sobre el exterminio judío. Aunque en términos de historia es un tema que me apasiona y me obsesiona, he intentado un cuento, y un relato medio novelle, pero ninguno se me ha dado. Es muy complejo y doloroso.


5- ¿Quienes te hubiera gustado que fueran tus padres literarios? Es decir, si pudieras casar a tal escritor (hombre o mujer) co
n otro u otra para que te pariera, ¿a cuáles dos escogerías? Sería la hija de Virginia Woolf y JM Coetzee.



viernes, 6 de abril de 2007

Resinas para Aurelia (cuento)

Resinas para Aurelia

Aurelia, Aurelia
dile al Conde que suba
dile al Conde que suba
que suba suba
por la ventana

(letra de Bomba popular)

Nadie sabe cómo entró la moda aquella, pero en menos de tres meses todas las putas de Patagonia tenían esclavas en los tobillos. Se las veía pasear por la plaza del pueblo, cuando estaban de descanso, comiendo helados de frutas o de nueces, o por las calles en dirección al rio. Se las veía comprar abastecimientos en la Plaza del Mercado con aquella cadenita brillando a sol irredento, refulgiendo en la distancia, señal secreta que denunciaba el oficio. El retilar allá abajo en el tobillo, el conspicuo nombre de esclava encendía ojos y fruncía ceños por todo Humacao. En dirección al rio iban los pies meretrices con esclava y en dirección a la cadenita iban los ojos de todos y de todas las del pueblo. De todos y de todas, de Lucas por ejemplo, que debajo de su amplio sombrero de esterilla, con tijera podadora en mano, dejaba de abonar árboles de sombra para verlas pasar con ojo hambriento.
Su abuela le enseñó el oficio de las flores. Nana Poubart lo trajo infante desde Nevis a aquel pueblo gris con un rio que se comía los árboles de la plaza. No recordaba nada de su tierra natal, sólo la empozada en los pechos de su abuela, a quien se le enredaba la lengua en inflecciones más agudas que las del resto de los habitantes del pueblo, erres y tes un poco más agudas, más indescifrables entre el montón de sonidos que sobrevolaban el aire de Patagonia. El aire de Patagonia, usualmente apestoso a crecida de rio, a colchón humedecido y a orín, se detenía donde empezaban los aires de la abuela con sus cocimientos de plantas y de flores. La casa de ellos, aunque humilde y asediada en los flancos por los ranchones de mancebía, siempre olía a resinas de árboles de sombra que contrarrestran el olor del mal vivir. Los pisos de madera brillaban con un emplaste ámbar de capá con cera de abejas y esencia de flores de jazmín. Frente con frente al bar el Conde Rojo, Nana había sembrado un limonero y un guayabo enredado . Los cuidó de chiquitos echándoles fertilizantes expertos en crecimiento dócil y frondoso, mierda de putas jóvenes mezclada con sangre menstrual. A él le daba verguenza cuando Nana lo mandaba a la puerta trasera del Conde Rojo a pedirle a las madamas las palanganas de sus pupilas. Protestaba con los pies y con el pecho, pero Nana no oía razones sobre malaslenguas, ni sobre bonchinches infundados en falsas modestias. Según ella, no había nada mejor para crecer árboles de sombra, ni los fruteros medianos de este lado del Caribe.
Así fue como Lucas se acostumbró a las putas desde niño, a sus olores, a sus texturas, a sus miradas de complicidad. Desde la preadolescencia se acostaba con ellas, desde los doce años, para ser más exactos. So pretexto de darle las palanganas de mierda, las madamas y las putas más viejas lo hacían entrar al Conde, lo obligaban a esperar mientras ellas se cambiaban de ropa, se empolvaban las tetas llenas o las caídas con polvos de perfume y motas multicolores de algodón espumado. A veces lo comprometían a amarrarle las ligas de las medias o a zafarle los botones del sostén de copas. Y luego de estos roces furtivos, algunas lo besaban de lengua en la boca haciéndole mimos maternales, cagando amorosamente ante él en las palanganas y conduciendo a Lucas otra vez hasta las entradas del ranchón.
Mientras tanto la Nana lo esperaba sentada en el sillón de palo caoba y paja trenzada en el balcón de la casita. Al guayabo de la entrada lo trenzó ella misma con sus manos de planchar y de lavar ropa de ricos en el rio. Le fue enseñando a Lucas cómo se agarran las ramas de los palitos tiernos para hacerles diseños al tronco. "Los dedos, -le decía mientras se los untaba de mierda de putas a la cual añadía resinas de cauchero y miel --"es importante saber dónde se ponen los dedos y qué presión hay que aplicar para doblar sin partir, la corteza tierna de los árboles." Año tras año, Nana fue sensibilizándole las yemas a tal grado que Lucas aprendió a cogerle el pulso a los árboles, a los de sombra, a los de fruto y a los de flor. Sentía cómo la savia les corría por las venas y, a través de una cuidadosa medición de temperaturas y presiones líquidas, podía saber si el árbol estaba saludable o si necesitaba auga, poda, o una sangría para liberar exceso de resinas de su interior.
A lo que nunca pudo acostumbrarse Lucas fue al punzante olor a mierda de putas. Aunque seguía llendo a recoger palanganas cada vez que la Nana lo enviaba y seguía acostándose con ellas, nunca pudo sumergir de buena gana los dedos en aquel emplaste maloliente. Convenció a la abuela a que lo dejar usar otras soluciones y se dió a la tarea de recorrer las riberas del rio con un machete y unas latas, recogiendo las resinas de todas los arbustos y plantas de tronco del litoral.
La Nana también sabía cómo sacarle el obeah a las plantas, a quién había que hacerle ofrendas para que el monte obsequiara con hojas para curar el mal de amores, los cólicos de diarrea y vómito, fiebres de lupanar y otras dolamas que aquejaban con frecuencia a las vecinas de Patagonia. Sabía de teses de anamú contra el dolor de hijadas, y de infusiones de naranjo para aquietar llantos y tremores, hojas de guanábano para aliviar la empancinada de aire , cataplasmas de resina de palo de jobo para devolver el calor a la piel. Sabía millones de estos secretos. Y así como componía troncos y raíces y follajes, también componía huesos y vértebras rotas, tropezones con puertas en ojos de mujer, moretones violáceos, coágulos de sangre, virazones de tobillo, desligamientos, y desgarres. Remendando gente fue que Nana pudo ayudarse a pagar la supervivencia suya y la de su nieto. Pero a Lucas no le parecía tan interesante lo que la Nana hacía con las plantas y las manos para ponerlas al servicio de la gente. La gente apestaba a mierda, le daban un placer fortuito que lo dejaba solitario, melancólico y confundido tan pronto se acababa el último tremor. Los árboles no. Ellos tenían su espesor y su ricura, el suave verdor húmedo de las hojas brillosas del café de Indias o el calor picante de las hojas rugosas del orégano brujo, la cáscara de palo santo o las cortecitas de tártago le levantaban sudores de alivio en la piel. Se la dejaban tranquila y clara. Lo más que disfrutaba era sacar resinas de árboles, hacerlos sangrar ámbares profundos y gomosos con los cuales, estaba seguro, se podía componer cualquier cosa que cruzara su imaginación. Los huesos que la Nana arreglaba, los troncos de guayabos en flor, entuertos del alma, delicados ungüentos para impermeabilizar maderas, evitar las goteras y manchas de humedad en los techos, tornear patas de mesas, poner a respirar a un cuerpo. Todo lo podían las resinas.
Cuando Nana fue retirándose del rio y dedicándose por completo a sanar putitas malogradas, Lucas, ya de edad, consiguió trabajo como jardinero municipal. Nadie nunca había visto vegetales que crecieran con tal hermosura bajo manos humanas. Lucas, el hijo de la lavandera de las islas, convirtió una plaza desnuda de pueblo salitroso en un jardín divino, donde las miramelindas se le daba a pleno sol, los duendes y los cohitres cohabitaban sin marchitarse bajo árboles fruteros, los robles rosados y amarillos se erguían directos en dirección a un cielo siempre gris, pero ahora engalanado con el paraíso de plantas y de tersores hecho por él. Todas las señoras de bien le daban asignaciones en casas particulares para realizar primores en sus patios interiores, en sus paseos de entrada, que sembrara y cuidara palmas reales, coqueras, que lograra combinar azaleas con gardenias con rosales y amapoleros de diferentes colores, que trenzara trinitarias espinosas de modo que derramaran sus melenas sobre las terrazas y las azoteas recubiertas con resinas, que diera a la casa olor con sus unguentos para mesas de caobo y para techos a dos aguas, que brillara pisos con la cera ambarina de millones de árboles que Lucas destilaba en los cuartos traseros de su casita en Patagonia. El llegaba y dejaba todo terso, fresco a la piel, resbaloso, protegía superficies del salitre gris que cubría al pueblo como un vaporizo inamovible, y tersaba las arrugas del tiempo devolviéndole palpitaciones secretas a todo tronco o torso que pudiera acoger el regalo de sus dedos. Los dedos de Lucas, algunas señoras circunspectas se habían sorprendidio a sí mismas soñando con los dedos de Lucas, que les sacara de adentro toda aquella sequedad tan cuidada, que las deshiciera en rios de ámbar suculento, densos almizcles olorosos a fragancias profundas y secretas, aquellas de las cuales ellas mismas se protegían, para no poner en tela de juicio su respetabilidad.
Y era extraño como la gente trataba a Lucas, porque ninguna otra sino persona sino Nana y las putitas de los barracones de Patagonia le miraban a la cara o dejaban resbalar ojos por el resto de su cuerpo. Casi nadie le sostenía la mirada, casi nadie se daba cuenta de sus facciones, de la almendra oscura y dulce que eran sus ojos, ni de lo amplia y remota que era su sonrisa. Nadie sino las putas se fijaba en sus amplias espaldas, fibrosas como un ausubo, ni en la redondez perfecta de sus montículos de carne allá encima de los muslos ni del profundo colorizo caobo de su piel, siempre fresca como una sombra. Y nadie se atrevía a tan siquiera soslayar con el rabito de una mirada el cabo de raiz que suculento se avisaba por entre el pantalón, el nudo amplio que prometía troncos de carne oscura y suculenta, pelitos suaves, olorosos a uveros de mar. Ni él mismo se percataba de lo bello que era, porque como todos los demás, sus atención estaba fija en la precisión de sus manos. Sus dedos , largos como de pájaro, terminaban en puntas corvas y afiladas, con diluídas lúnulas al fondo de las uñas. Estas siempre estaban bordeadas de tierrilla y pedacitos de cortezas, estriadas a veces por finísimas fibras de queratina que le creaban texturas magistrales y diferentes a cada una. Las palmas eran anchas, carnosas, con callos en cada falange. Vetas profundas y sutilísimas cortaduras las surcaban de dorso a revés, haciéndole mapitas del destinos por toda la superficie color acerola madura. Pero, sorpresivamente, las manos de Lucas eran suaves, en su fortaleza y precisión; tímidas y suaves como las de cuando era niño y cargaba palanganas de mierda, tímidas, suaves y huidizas en su fuerte presión sobre las cosas. Todos los ojos que se tropezaban con Lucas se fijaban en sus manos, así como tan sólo se enfocaban en la cadenita tintineando en el tobillo de las putas de la Patagonia.
La primera vez que el rio inundó los jardines que Lucas fue tejiendo en la plaza del pueblo, arruinó un ministerio de primores de cuajo. Casi cuatro años le había tomado al jardinero construir su imperio vegetal. Lucas acababa de podar los cedros y los gomeros, de curarlos de parásitos y demás enfermedades tropicales que les aquejaban. Las sangrías de resina se le llenaron de barro, las corrientes deshicieron los torniquetes para enderezar troncos virados por la ventolera. Pero él sabía que esto ocurriría tarde o temprano. Lo sabía desde que empezó a recorrer las riberas en busca de resinas y se percató de que el cauce del rio era artificial, había sido desviado a propósito para cumplir con las necesidades de expansión del municipio. " Las cosas tienen su vida y tienen su muerte y tienen su curso sobre la tierra. Eso no lo puede cambiar las manos de ningún hombre." -- le había dicho la Nana cuando él le contó su descubrimiento. Y fueron providenicales las palabras de la vieja curandera, porque semanas más tarde al rio le dio la gana de recobrar su curso original e inundó al pueblo. La pérdida más grande no fue los jardines del municipio. A causa del infortunio caprichoso del Humacao, murieron más de doscientas personas, casi todas de ellas de Patagonia. Entre ellas la Nana.
Fue cosa del destino. Luego del trabajo y , después de destilar dos galones de resina de tabonuco en los cuartos traseros de la casita de la Nana, fue a buscarle mierda de putas al ranchón. Una de las niñas, amarilla miel como la substancia que acaba de destilar del corazón de los árboles, le abrió a Lucas la puerta, los ojos y la caja del corazón. Era nueva en la cuadrilla, no la había visto antes, pero aquella tarde, se le ofreció por veinte pesos, y él le dejó treinta sobre el tocadorcito de planchas de pino al lado del catre donde hicieron el amor hasta la madrugada. Lejos se oía el estertor de la lluvia mientras él la penetraba suavemente en la primera tanda de caricias y ella se resquebrajó silenciosa para dejar entrar aquel portento de raiz macha entre sus piernas. Lucas estuvo encima de ella, moviéndose como los sauces del cementerio. Notó que la niña no quería sino hacer su trabajo, pero poco a pcco se le fueron humedeciendo los goznes de la entrepierna y a oler a cedro recién cortado. Entonces Lucas se movió con más premura hasta que ella arqueó sus espalditas de zorzal, le pegó el costillal al pecho y se vació en un suspiro lánguido y triste, mientras su vulva latía con él adentro. Tres, cuatro veces ella se le deshizo debajo. Cuando estaba exhausta y desmemoriada, y mientras el aguacero amenazaba con descuajar los planchones del techo del Conde Rojo y el rio rugía y se llevaba enredados a la mitad de los habitantes de Patagonia, Lucas Poubart penetró a la mujer por quinta vez. Con el primer empuje sintió que se le subía al vientre todos los jugos que su cuerpo había sido capaz de producir en todos los años que había existido sobre la faz de la tierra; y se vació completo en aquella mujercita amarilla, mientras ella se cubría el rostro con su pelo, intentando que él no le viera la cara de muerte plena en medio del desastre que fue aquella pasión.
El azar los salvó a ambos. Habían pasado la crecida en la parte más alta de los ranchones del prostíbulo. Pero el resto de Patagonia era pura desolación. El barrio quedaba en un declive profundo, en las cercanías del rio. Las aguas del Humacao habían llegado hasta la plaza y lo que fue peor, había atrapado a Nana en su cuarto de dormir, de donde fue rescatada por los vecinos, profundamente muerta. Cuando Lucas llegó, encontró a los vecinos desenredando el cadáver de la Nana de las sábanas que la habían amarrado a los pilares de la cama. Con un solo grito profundo se deshizo en llantos mientras abrazaba el cadáver de su abuela.
Cerca del mediodía fue que Lucas pudo salir de su estupefacción, soltar el cuerpo de la Nana sobre los mostradores de la cocina e irse a la calle a ayudar a los demás en desgracia. Con el agua hasta la cintura, se topó con montones de personas atrapadas entre los escombros, la tablería, las ramas y los catres de las casas destrozadas por la corriente. Pensando en Nana, y en lo que de ella había aprendido, fue ayudando a desenredar muertos, a salvar a los que aún tenían vida, sacándole el lodo de las narices y masajeánsole los pulmones anegados. Dio respiraciones, calentó miembros, abrazó huérfanos y vuidas. Los llevó a sitios altos, fuera de peligro y, ya al anochecer, se desplomó de agotación en uno de los bancos del refugio que abrió la municipalidad para los damnificados por el desastre. Durmió allí, sin moverse toda la noche.
Cuando Lucas despertó de su sueño, se encontró con que las aguas del rio habían bajado a su nivel. Regresó a su casa, para arreglar los detalles del sepelio de su abuela. No llamó a ninguna funeraria, sino que fue el mismo al cuartucho de destilar savias y limpió su mesa de trabajo, donde trasladó el cadáver ya rígido de la Nana. De entre el desastre del taller, rescató una lata que milagrosamente no se había llevado la crecida. Dentro la lata guardaba un ungüento pesado y de olor pungente que hacía llorar a quien se le acercara. Abrió la lata. Se embadurnó las manos, desnudó a la abuela, y con aquella cataplasma fue masajeando todo el cuerpo hinchado y gris . Le tomó horas ir parte por parte, cara, mandíbula, cuello, orejas, pelo, y luego bajar los dedos y presionar contra hombros, contra los brazos fuertes de aquella mujer que lo había criado desde niño. Le tomó los dedos, tan parecidos a los suyos, los llenó del emplaste destilado, se los humedeció con sus propias lágrimas silenciosas. Le embadurnó el pecho, teniéndo cuidado con aplicarle menos solución en las areólas oscuras. Fue bajando y apretado fuerte hacia abajo por el vientre y luego por las piernas. Se las entreabrió a la Nana, le acarició el pubis canoso y con ternura le fue llenando las grietas de aquella savia, experto, conocedor y humilde en su oficio de devolverle la tersura y la humedad al cuerpo muerto de la abuela. La puso a la sombra tibia, esperó por tres horas. Luego, la vistió con un traje que había comprado dias antes para ella, y se fue al patio, a terminar de hacerle un cajón de madera de caobo pulido, ligeramente teñido de un tinte marrón rojizo que combinaba perfectamente con la piel de su Nana.
A los cuatro días del sepelio, que fue el más hermoso de todos los sepelios celebrados en la Patagonia , fue a buscar a la mujer amarilla a lo que quedaba del ranchón de putas. No la encontró. Nadie pudo decirse a ciencia cierta de sus paraderos. Doña Luba, una de las rameras más antiguas del vecindario, le contó los rumores de que el padre había bajado desde Yabucoa a llevársela. "Ese maldito fue el primero en desgraciarla. Aurelia misma me lo contó recién llegada al barrio. Cuando supo que la había encontrado, aprovechó el desmadre del rio y se fugó. Debe andar escondida por ahí. Si la ves antes que yo, dile que deje el Conde Rojo y que se venga a trabajar conmigo. Si yo la veo antes, le digo que tú la andas buscando."
Mientras esperaba noticias de Aurelia, Lucas se concentraba en reparar los jardines de la plaza. Un dia lo mandaron a llamar de la alcaldía. Allí le informaron que requerían de sus servicios, pero para otro menester que el de recuperar los jardines de la plaza. Todavía quedaban cadáveres flotando por las aguas del rio que la corriente había arrastrado a las afueras del pueblo, cadáveres que nadie había querido ir a recoger y que estaban creando pestilencias. " Son cadáveres de putas. Nadie quiere tocarlos. Tememos lo peor, epidemias, pestes, envenenamientos de agua. No podemos arriesgarnos a dejar que la corriente se lleve estos cuerpos a pueblos aledaños . Un escándalo así mancillaría el buen nombre del alcalde. " Lucas aceptó la asignación, pidió transporte para recorrer las riberas en busca de los cuerpos, y puso la condición de que le aumentaran el salario, y que le otorgaran independencia total en el escogidode árboles y plantas para sembrar en la plaza del pueblo.
Así fue como de jardinero municipal, Lucas se convirtió en rescatador de cadáveres de putas ahogadas. Pues, para su asombro, seguían apareciendo cuerpos de rameras entre las aguas del rio, mucho después de que él rescatara a todas las que habría ahogado la inundación. De vez en cuando, lo llamaban del municipio para que fuera a recoger cadáveres realengos. Otra puta ahogada por "la inundación" decían entre risitas los policías que llamaban a Lucas a trabajar. Se acopló a la costumbre, después de los primeros meses, e iba ya él solo, patruyando las riberas del rio, para economizarle las llamadas a los oficiales y no tener que interrumpir su rutina de jardinero, a la que volvió después de la primera tanda de rescates.
Con los cadáveres recuperados siempre era la misma historia. Primero se tiraba al rio, nadando, para desenredar los cuerpos de entre la maleza que lograba detener la deriva de las putas ahogadas. Les desenmarañaba el pelo para ver si podía identificarlas. Cuando llegaba a ellas, algunas ya tenían los labios picados por los peces, o los párpados poblados de crustáceos, y las tripas habitadas por pequeños camarones y pulgas acuáticas. Era difícil identificarlas, si no llega a ser por la cadenita en el tobillo izquierdo que delataba profesión. A las desfiguradas las cargaba suavemente, como si estuvieran dormidas y las llevaba directamente a la morgue. Con otras, casi todas de muerte más fresca, se encariñaba, no sabía por qué razón. Entonces se las llevaba para la casa. Les preparaba algún aceite con esencia de olor para quitarles del rostro el rictus de la sorpresa de encontrarse ahogadas, el susto de pesadilla en la faz y los músculos. Les acariciaba experto la carne, les destensaba en semblante con las manos pensando en cómo nadie las iría a reclamar, en cómo las tirarían al vertedero, cremadas, sin una sola caricia de despedida, aquellos cuerpos que el pueblo entero había manuseado y de los cuales ahora se querían desentender. " Nadie te quiere tocar," les decía Lucas por lo bajo, "nadie te quiere tocar y nadie sabría cómo hacerlo ahora más que yo." No era gran cosa lo que hacía por ellas, lo sabía. Pero al entregar a la morgue un cuerpo nuevo de aquellos que le provocaban cariño, se enorgullecía de lo bellos que quedaban, con la piel tersa y aceitada, con olor a plantas frescas de menta, con la cara en reposo. Antes de montarlas de nuevo en su guincha municipal, les destrababa del tobillo la infame cadenita de oro, y se la guardaba en el bolsillo de su pantalón. Quizás así las tratarían mejor.
Un día Lucas caminaba por las riberas el Humacao, pensando en cualquier cosa. Hacía tanto tiempo que ya no buscaba resinas, ni que rescataba cadáveres. Todo era sembrar jardines y untar resinas a techos, mesas y sillas en casas de ricos. Se detuvo contra un árbol de caimitos a mirarle las vetas del tronco y acariciarlo con suavidad. De repente se fijó en un montículo de ropas que sobresalía de los pastos altos al otro lado del agua. Afiló la vista, parecía un cadáver. Animado, casi alegre, se quitó la camisa y se tiró a las aguas del rio, lo vadeó con calma, nadando apenas, pues la sección que cruzaba no era tan profunda. Mientras se fue acercando al montículo, vio unas manos pequeñitas con dedos de nena que transparentaban un tinte color ámbar en la piel arrugada y gris. Esta era una muerte fresca, no más de unas cuantas horas, una noche con su madrugada en el agua. Los pies descalzados, con las uñas pintadas de rojo, se veían en reposo total y el en tobillo izquierdo refulgía la infame cadenita. La carne se notaba a través de la blusa y dejaba ver unos pezones de un marrón oscuro que Lucas creyó reconocer. Con el cadáver a cuestas, salvó la otra orilla y empezó su ritual de desenmarañe para verle el rostro a la difunta. Pero no hizo más que sacarla del agua y tenderla al sol, poner una de sus amplias manos sobre la cabeza de la ahogada para que la piel entera se le encabritara de golpe . Era ella, al fin ella. Aurelia, la encontraba, al fin.
Pero estaba muerta . Lucas quiso llorar. No pudo. Ocho meses habían pasado desde la terrible inundación. De aquella mujer tan solo le quedaba el recuerdo de un tacto amanecido, febril, nuevo para él, que tantas superficies había tocado, tantas otras putas había penetrado con sus dedos, con sus lenguas y su piel. Sintió alivio al verse liberado del espectro de aquella tersura que se le acomodó en la piel y no lo dejaba hacer otra cosa sino anhelar a Aurelia. Pensó que ahora volvería a ser el mismo, el mismo que nunca habría abandonado a la Nana una noche de lluvia, el que podía ir a hacer injertos y a hacerse desear por las otras meretrices de Patagonia, que incluso podría buscar una mujer buena con la cual mudarse a la casita y convertirse en el hombre que su Nana crió, redimirla así de una muerte inútil. Entonces descargó a Aurelia en la tumba de la guincha y se dirigió a Patagonia.
Se la llevó a la casa y comenzó a desvestirla. Le quitó los retazos de blusa de algodón, las braga rojas y la falda rota. Le quitó la cadenita de oro, la cual tiró con otras en una taza de peltre que había comprado para aquellos propósitos, sacó los peines que tenía y comenzó por desenredarle el greñal tupido que una vez tuvo entre los dedos la noche entera de los infortunios. Tan pronto como undió los dientes del peine entre el cabello, comenzaron a salir alimañas que él fue matando con la punta de los dedos, arañas de rio, pulgas y larvas de insectos que se habían encajado en aquella miel. Fue peinándola con suavidad y una sonrisa en el rostro. Siguió la faena, hasta que el pelo quedó todo desenredado. Lo lavó con jabón y lo roció con agua de rosas. Esperó a que se secara sentado en un sillón junto al cadáver fresco y húmedo de la niña amarilla. Aún sonriente, caminó hasta su taller de resinas y sacó la lata que ya casi un año atrás había usado para preparar a la Nana para su tumba. Quedaba suficiente solución adentro y hasta sobraba para cubrir el cuerpo de pajarito que yacía sobre la mesa. Nunca lo había usado sobre otra, instintivamente había guardado el sobrante, quizás para aquella mujer.
Con el alma acostumbrada a las catástrofes,
empezó el rito de embadurnarse las manos con la solución. Empezó por los pies, dedo a dedo, tobillos libres de cadenitas , piernas rígidas, toda ella fue quedando aceitada por la resina, que ya añeja, despedía un tenue olor a maderas de todos los tipos y a flores condensadas en un olor vegetal del cual ya no se podía diferenciar ninguno de sus componentes originales. Presionando con atención, fue relajándole los músculos a la muerta, hasta que sintió que la fricción y otra cosa, le devolvía calor a la piel. Con aquella sensación a extrañas temperaturas entre los dedos prosiguió su camino hacia arriba en el cuerpo de Aurelia. Pasó tres cuartos de hora masajeándole los muslos acaramelados y duros con pelitos claros que refractaban la luz del taller. Y allí de nuevo sintió el extraño calor que regresaba, de adentro para afuera a la carne de la muchacha. Lucas vió, como de los muslos salían delicadas gotitas de agua, un sudor que no olía a humano sino a bancos de rio. Sin más que este entendimiento en la mente, prosiguió el masaje, metiendo las manos por debajo de las piernas y presionando las nalgas de la niña que también se encendían con sus dedos resinosos. Sintió un golpe de sangre caliente entre las piernas, se miró erecto, adolorido por las ganas de frotarse entero con ella sobre la mesa del taller.
Lucas sacudió la cabeza, pausó para ver cómo, de la mitad para abajo, su putita ahogada había recobrado algo de color, y emanaba olores vegetales por los poros que expulsaban lo anegado. Se volvió a embadurnar las manos y esta vez las posó, precisas en la cara de la muerta. Fue haciendo círculos con los dedos sobre la frente, los pómulos, los párpados que cerró y abrío, para volver a cerrar y dejarla descansar de las presiones. Los labios, la mandíbula, los huesos del cuello y de la nuca, que compuso, poniéndolos en su lugar. Los hombros y clavículas quedaron relajados bajo la presión de los dedos del jardinero. De medio lado la viró para aplicarle resina en las espaldas, hasta las nalgas ya calientes que perspiraban contra la madera de su mesa de trabajo, contra las palmas de sus manos y sus mapas del destino, contra el ansia de Lucas que seguía creciendo no empece a su concentración. La volvió a voltear para aplicarle resina sobre las tetitas de adolescente, tan turgentes, tan suaves. El calor de la resina las hizo soltar el agua del rio que habían chupado en su deriva. Los pezones duros y oscuros cobraron tintes de magia y ya Lucas no pudo más. Se desnudó completo, se puso un poco de resina en la pelvis, el pubis y en su verga. Mientras le abría las piernas a la ahogada sintió el picante calentón de aquel unguento viscoso, se sentía quemar. Con los dedos destrabancó la vulva de su amada y allí mismo, sobre la mesa del taller de injertos y maderas, fue penetrando a la dulce Aurelia, a la Aurelia de ámbar y resinas, a su putita amada para al fin, al fin llenarla de calor. La muerte era un simple giro del azar. Su manos no podían espantarla. Pero su pinga y su resina, aquel ardor que regresaba envuelto en consistencias vegetales, ese sí estaba presente, producto de sus manos y su espera, de su insistente recuerdo empotrado en los dedos y en la piel.
Se le vino adentro, contrayendo todos los músculos de la espalda, se le vació como un zurrón de leche entre las piernas, le gritó al oído que la amaba. Que la quería como era y para siempre. Se quedó dormido sobre el cadáver y soñó que la niña amarilla lo rodeaba con sus brazos y le daba besitos de amor.
Al despertar, Lucas fue hasta la taza de las cadenas de oro, recogió la de ella y se la puso de nuevo al tobillo. Puso el cuerpo a sombra tibia, se fue al pueblo y volvió con dos grandes bloques de hielo, un cuchillo de monte y botes de latón, de los que usaba para recoger resinas. Aprovechó para decirle al municipio que buscaran a otro para rescatar putas ahogadas, y volvió a sus jardines, a sus paseos en busca de resinas y a sus escapaditas, cada vez menos frecuentes a los ranchones de mancebía de la Patagonia. Tres veces a la semana, se encerraba en los talleres de la casita maternal con una lata llena de unguentos y una botella de agua florida y no salía hasta la madrugada, sonriente y lleno de sudores pegajosos en toda la piel.

sábado, 31 de marzo de 2007

Medellín y la lengua: micro-crónica#2


El aire huele a gasolina quemada y a lluvia. Estoy en Medellín, tierra montañosa y mojada. El verde lo impregna todo. Aquí se han dado cita 60 escritores del Grupo Planeta. Yo incluída. Me enteran de que, como parte de las celebraciones, visitarán la ciudad los Reyes de España. Es la segunda vez en mi vida que me topo con ellos- una, como estudiante en Puerto Rico, durante los años 80. Y la otra ahora.

La cuidad es una cuidad proleta- se nota. El centro está lleno de talleres, tiendas, bellos chichorros yerberos con cuanta rama de especias y hojas para tés medicinales se pueden imaginar. Entro a una, nada más que para aspirar. El olor contrarrestra el ácido gas de la contaminación.

La cuidad se levanta. La gente es cálida y accesible, con esa accesibilidad de quien trata a los extraños como si fueran vecinos de toda la vida. Trato proleta. Por las calles me detienen gentes que me han visto por televisión, dando mis charlas. "Y ¿dónde puedo conseguir tus libros? Yo escribo mi poquito también" me dicen. "te voy a hacer llegar mi poemario. ¿Te están tratando bien? ¿Te estás amañando?'

Recorro la cuidad dos veces; una con Rosa Beltrán, la escritora mexicana. Con ella visitamos el parque Botero, la Biblioteca EBLM hasta el barrio Boston y la biblioteca parque La Ladera. Tierra de sicarios. Pasamos una tarde hablando con los chicos de literatura. Si para esto sirve ser escritora, creo que escogí la profesión que más me cuadra. Me encantó hablar con los muchachos del lugar.

La segunda vez fue con Fernando (de Afaguara Argentina) y mi amiga Marisol Palés. Fuimos hasta la Catedral Basílica Metropolitana. Desafié a Fernando a que contara los ladrillos que la componen. Dicen los paisa que esta es la construcción en ladrillos más grande del mundo.

Los paisa, tan orgullosos de su ciudad...

Pero lo que más asombra es cómo logran de un brochazo borrar la imagen de violencia y de metralla que para el mundo puede ser Medellín. El Cartel se difumina bajo la sombra de las estatuas de Botero. La coca desaparece bajo los olores de las boticarias. La gente, pujante, reconstruye su cuidad, el imaginario de la cuidad. Como si la lluvia estuviera ayudando a limpiarla todas las tardes.