La eterna y vieja batalla entre la Academia y el Mercado. Si escribes según las estructuras consabidas de la narración (de la poesía no, la poesía queda fuera del mercado), repito, si escribes un texto "comodificable" para la venta en masa , entonces eres una vendida. Escribes "literatura fácil". No eres lo suficientemente inteligente. No te abocas a la experimentación del momento. No retas al lector.
La consabida y vacía pelea entre la Academia y el Mercado.
Estos son otros tiempos.La izquierda ha sido vencida- como bloque, como dictum. El discurso del desencanto posmoderno y del fin de la historia fue uno de los cantos que evidenciaron la derrota. La representatividad del oprimido, las racionalidades e historias alternas vs el universalismo eurocentrista, la pelea contra la pobreza (que no contra los derechos humanos; en estos tiempos transmodernos todo ciudadano tiene sus derechos garantizados, siempre y cuando sea también consumidor) han sido vencidos.Hoy se habla de la Razón Global. Es Lineal, es "moderna"- transmoderna, es decir, sigue la lógica del desarrollo. La medida sigue siendo Europa.
La Academia de estas tierras imita, y se repliega. Ha re-creado sus circuitos- congresos, becas, publicaciones en sellos universitarios. La Academia, para "resistir" al Mercado, se ha hiperespecializado. Se ha convertido en bastión de hermandades contestatarias, sin autocrítica incluída. Desde ahí pretende ser juez. Dictar calidades. No hablar con nadie para preservar su pureza elevada, por encima de las masas. No entrar en la esfera pública; puesto que la representatividad ha sido "superada" y la esfera pública ahora solo habla el lenguaje del mercado. Es decir, que la Academia sige usando la misma postura anti-mercado para validarse; para validar la literatura que estudia y crear discursos de crítica cultural. Para mantener su "distancia crítica".
Hay dos circuitos para un escritor; para un escritor marginal, como yo. Uno es la escritura validada por la Academia, difícil, experimental, antirealista, marginal por forma, apegada a los estatutos de la(s) teoría(s), ciega a los problemas de la enajenación que viven de la mano del uso de lenguajes especializados (que no "superiores" "iluminados"), sobretodo cuando se escribe literatura.
El otro circuito es el Mercado. El Mercado mal entendido. Supuestamente, el que te publiquen en un sello multinacional ya te convierte en la traidora, en la vendida. En la infiel a los dictámenes de la iluminación teórica y en una caída del panorama de la experimentación narratológica. En una populista. En otra enajenada. Así de simple.
Pero estos son otros tiempo. Los bloques no son de tan sencilla categorización. De hecho, no hay bloques. Hay retículos (Deleuze y Gattari), puntos nodales (Laclau y Mouffe) hay poéticas y prácticas de relación (Edouard Glissant), organizaciones fractales que se arman y se desarman a raiz de frentes comunes- no de ideologías comunes.
Hay negociaciones de la diferencia.
Estos son otros tiempos.
Tiempos hiperreales.
2.
La hiperrealdad parte del Mercado. Se desprende de él y lo traspasa. Está completamente contaminada por el Mercado y sobretodo por las tecnologías de la representación de la realidad de ese Mercaco. La hiperrealidad existe de la mano de la informática. Del Youtube. Del Mercado de las telecomunicaciones, de la espectacularización de la intimidad. Manhunt, myspace, facebook, blogs. La hiperrealidad habla el lenguaje donde todo es información disponible al público. Donde todo es accesible.
Cuestionar la representatividad del lenguaje es creer que el lenguaje íntimo, vanguardista/casi/creacionista existe. Que aún se debe "épater le bourgeois". Que hay un afuera de las telecomunicaciones y de la información como matriz. Y debe haber un afuera. Claro que lo hay.
El afuera es la pobreza. No la Academia.
blog de la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres. Contiene textos editados e inéditos, comentarios y datos personales
viernes, 6 de junio de 2008
lunes, 2 de junio de 2008
MOISES AGOSTO #4 EN LISTA DE MAS VENDIDOS DE AMAZON


¿Que no se puede hacer buena literatura y acceder al mercado? Que las pequeñas editoriales no pueden publicar literatura que compita con las multinacionales? Pregúntenle a Moisés Agosto. Gay, boricua residente, joven, desconocido autor, publicado por una editorial local y cuarto en venta internacional en Amazon.com. Entre Mario Bellatín y Pedro Lemebel.
Dice Rubén Ríos Avila de "Nocturno y otro desamparos": Exentos de la urgencia moralizante, el melodrama fácil o el narcisismo fatalista que a veces lastra cierta narrativa en torno al amor en los tiempos del sida, estos cuentos respiran con una naturalidad y un aplomo que recuerda la mejor tradición de la prosa urbana gay en inglés, la que nos trajo La cuidad de la noche de John Rechy .o la prosa escueta y fulminante de Edmundo White y Andrew Holleran. Ahora que la globalización de la cultura queer amenaza con embotar el filo contestatario de las sexualidades al amrgen, surgen estos nocturnos bajo el fulgor de la mítica bola de disco. Dolientes y extáticos, los cuerpos deseantes de estos relatos hacen su ronda benéfica para ganarse el karma y se dan a la tarea de gozarse la noche."
JADEANTE Y SUDOROSA #5
No corro hace tiempo. No puedo. Me doblé un tobillo. No hice caso de mi cuerpo cansado. No paré. Entonces, me hice un nudo toda- cadera fuera de sitio, cuello trepado, un brazo engarrotado. El quiropráctico me astilló completa. Y me prohibió correr. “Camina” me aconseja. Imposible. Necesito el golpe del asfalto contra los pies. La huída.
Soy, en mi fuero interno, una mujer desobediente que corre. Que volverá a correr. Cuando el nudo se vaya.
Pero sueño. Como los perros, a veces me despierta el movimiento de mis propias patas en el aire, el vaivén de mi jadeo. He soñado con una larga carrera. Despierto y extraño el sudor.
Jadeante y sudorosa#6
24 de febrero 2008. Maratón 10K Teodoro Moscoso. Catorce mil corredores inscritos. Una elite de fondistas kenyanos encabezan la lista. La número 1535 soy yo.
No sé por qué me decidí a hacerlo. Llevo años diciendo que quiero correr un maratón, pero siempre lo digo como quien difiere eternamente. Pero este 24 de febrero me atreví. Quizás sea la cuarentena de años que me acompaña. Que me susurra al oído “¿para cuándo lo vas a dejar?”. Quizás sea la bebé de 5 meses que reposa en el asiento trasero de la guagua, en el coche, entre mis pechos, y en mis brazos mientras escribo. Quizás sea que la novia de mi exmarido, a la que mi hijo también le dice “mamá”. Tiene 22 años. Ella es una niña casi, con la que casi no puedo hablar. ¿De qué se habla con una niña de 22 años? ¿De productos de belleza, de la moda? ¿De cómo le va en la universidad? Y yo soy esta mujer grande, enamorada de su grandeza- es decir, de sus proyectos, de sus pliegues de hembra parida, de de las muertes con las que carga encima. No puedo ser leve y pretender que no veo las diferencias entre esa niña y yo. No tiene nada que ver con ella; pobrecita. Ella tan sólo quiere querer a alguien y que la quieran. Y quizás haya encontrado a la persona perfecta.
Pero mi hijo le dice mamá.
Le dice mamá. A esa niña …
Esa misma noche, a las 10:00pm llegaba Iván Thays a Puerto Rico. Escritor peruano invitado por mí a dar talleres de narrativa a la isla. Cómplice a quien conocí en Gadalajara (me lo presentó Edmundo Paz) y que se me quedó prendado del alma. Yo andaba preñada de Lucián. El recién se separaba de la madre de su hijo de 2 años. No sabía que dentro de poco, a mí me iba a suceder lo mismo. Hacía 3 años que no lo veía. El 26 de febrero yo cumpliría años de nuevo. La visita de Thays se supone que fuera mi regalo de cumpleaños. Mi auto-regalo. Pero yo quería más…
Me decidí a no posponerlo más. A correr el maratón. A medirme de nuevo las fuerzas del cuerpo. Las animales. ¿Podré? ¿Me desvaneceré en un sopor deshidratado?
¿Me rendiré ante el reto que la vida me impone, que yo he decidido aceptarle a la vida- ser una madre vieja con vocación de escritora, de gestora internacional y con una niña que también cría a su hijo de papás dobles? ¿Podré? ¿Tengo la fuerza?
(¿Quiero ser inmensa como tú, Yemayá?)
No lo pensé más. Abrí la página de internet y me inscribí en el maratón. Se lo informé a Mario, ya mareado de tanta cosa que se me ocurre. Pero mi marido es el siempre generoso. El único hombre generoso que he conocido.
“Hazlo, vida. Corre ese maratón. Yo una vez lo corrí” Y me hace el cuento. Periodista al fin. Generoso pero la fuente de toda historia es él. Así, ególatra y justo, me complace. Generoso y ensimismado, me apoya,. No sé cómo le sale. No sé cómo nos sale. Yo soy igual.
La noche antes fui a buscar mi número, mi camiseta, mi chip de inscripción. Ese chip mediría el tiempo en que correría los 10 kilømetros de la carrera. Esa misma noche llegaba Iván Thays a Puerto Rico.
Me pasé el dia limpiando, preparando comidas para la bebé y para Lucián; para curbrir las mil tareas de una semana que se anunciaba intensa. Dieron las 4 de la tarde.” Prepárate que es hora de llevarte al maratón” me anunció Mario. “Yo mequedo con los nenes”. Me puse mi camiseta, mis tennis, mi chip medidor. Partimos.
El protocolo para participantes pedía que llegáramos al estacinamiento bajo techo de la U.P.R. Unas guaguas nos llevarían hasta el puente. No había tapón. Llegamos a la UPR y Mario me dejó allíˆ. La nena dormía.Lucián estaba extrañamente tranquilo. Yo tomé la guagua para participantes. A medida que me acercaba me dí cuetna de la magnitud del evento. Compañías completas enviaban delegaciones de empleados para que corrieran el maratón. Había representación de escuelas católicas, de asociaciones de veteranos e impedidos- un señor parapléjico correría para protestar la falta de servicios de transporte para gente como él. Había corredores de 70, 80 años, demostrando que la vejez tiene potencialidades. Había familias enteras con botas de vino caminando el evento. Una cuadra entera de vecinos se instaló a mi lado y me contó que este era el quito año consecutivo que corrían el maratón. “¿Por qué?” les pregunté. “Porque sí”, me respondieron. “Porque es divertido y mejora tu calidad de vida” agregaron. Lo mismo que decía la hoja de publicidad.
Aquello era multitud. Quise seguir preguntando. “Porque me divorcié el año pasado”, “Por que quiero medirme con los kenyanos”, “Porque siempre quise formar parte de un evento así, “Una vez empecé a correr, no he podido parar de hacerlo”. Yo, viciosa de la brea, me hice hermana de este último comentario. No se puede parar de correr. Una vez uno se detiene, al mundo se le detiene algo.
Por el autoparlante empezaron los gritos, la música estridente, el himno, la bandera. Sonó el disparo. Los siete kenyanos, flacos como un estilete, arrancaron a correr. Eran gacelas, todas un músculo tenso y largo que danzaban por la superficie de la carretera. De un puente. El Teodoro Moscoso se estiraba largo entre las orillas de la laguna San José y los mangles del aereopuerto. La tarde caía tibia. El agua esmerilada recogía los últimos rayos del sol. Todo así, bello, era retratado por las grandes pantallas de proyección del evento. Cada acción era inmediatamente convertida en imagen. Espectáculo para todos, desde todos.
Yo intentaba no ver, sentir, sudar.
Nos tocó el turno a los aficionados y corrimos. Corrí hasta el otro lado de la laguna, sin cansarme. Gente parada a las orillas del trayecto, animaba a sus familiares. Los semipro volaban por los carriles externos. Zancadas largas, cuerpos ágiles. Los joggeadores como yo corríamos entre las multitudes de caminantes. Nos tomábamos la faena en serio. Desde la laguna, un bote de pescadores animaba, cerveza en mano. “Dale sigue, no pares, dale sigue, tú puedes” Yo obviaba el apoyo, la multitud. Iba a algo misterioso, a medirme contra una fuerza. Thays sobre el aire, mi tribu en mi casa, la otra casa de Lucián, fuera de mi control, de mi comprensión. ¿Cómo dejarle un hijo a algo que no comprendes? Nadie existía.
Cayó la noche. Ya estaba de vuelta de cruzar el puente , pero aún faltaba la mitad del trayecto. No lo sabía. Nunca había corrido el 10K. ¡!!Dale que todavía queda un tramo!!! me gritó un corredor del Parque Central que me reconoció. ¿Pero esto donde se acaba? le preguté, emparejándome. “Hay que llegar hasta la Gándara y volver al punto de partida” “¿Tanto?” pensé. “No voy a poder”. Un temor difuso me recorrió el cuerpo. Era la corriente del cansancio. No la había sentido antes. Qué cosa; pensar “no voy a poder” es de inmediato deshacerse, descargarse. El miedo descarga. El miedo es , de hecho, lo que más cansa.
Ante mí, sobre mi carne, se presenció el adversario que andaba buscando.
Cogí aire. Bajé el paso. Me dediqué a sentir mi miedo contra las venas. Contra la carne que se tensaba ya adolorida. Contra el arco de los pies abiertos. Supe de una llaga que se abría lentamente contra mi talón. La carne se abría y la sangre lubricaba el área. “Ahhh, por eso uno sangra”. Una bolsa de agua se hinchó entre las comisuras de mis dedos. La baja espalda comezó a temblar, ella sola. Músculo independiente, se quejaba de un cansancio propio, anterior a los de la carrera. ¿Cargar a los niños? ¿Guardar ahí el temor? El omoplato derecho se salió de sitio. Lo roté. El estómago se contrajo, el pecho se alzó, me entró un segundo aire. Era la bestia que corría, la madre que alcanzaba a sus hormonas, la mujer que quiere ser inmensa y desde esa inmensidad plana y abarcadora, escribir. La meta se veía cercana, con su pachanga de feria. Un camión de agua nos bañó a todos los corredores. Alcé los brazos. Crucé la meta.
Entonces tomé el celular. “Llegué”, le conté a mi marido. Qué bueno, mi vida. ¿Cuánto tiempo hiciste?” “Una hora con diez minutos. ¿Y los nenes?” “Aquí comiendo. Lucián mamá terminó de correr la carrera”. Mario me pone a Lucián al teléfono mientras oigo a Aidara de lejos, gritando. ‘Mamá, ¿ganaste?” me pregunta mi hijo.
No sé si gané, pero le contesto “sí”.
Soy, en mi fuero interno, una mujer desobediente que corre. Que volverá a correr. Cuando el nudo se vaya.
Pero sueño. Como los perros, a veces me despierta el movimiento de mis propias patas en el aire, el vaivén de mi jadeo. He soñado con una larga carrera. Despierto y extraño el sudor.
Jadeante y sudorosa#6
24 de febrero 2008. Maratón 10K Teodoro Moscoso. Catorce mil corredores inscritos. Una elite de fondistas kenyanos encabezan la lista. La número 1535 soy yo.
No sé por qué me decidí a hacerlo. Llevo años diciendo que quiero correr un maratón, pero siempre lo digo como quien difiere eternamente. Pero este 24 de febrero me atreví. Quizás sea la cuarentena de años que me acompaña. Que me susurra al oído “¿para cuándo lo vas a dejar?”. Quizás sea la bebé de 5 meses que reposa en el asiento trasero de la guagua, en el coche, entre mis pechos, y en mis brazos mientras escribo. Quizás sea que la novia de mi exmarido, a la que mi hijo también le dice “mamá”. Tiene 22 años. Ella es una niña casi, con la que casi no puedo hablar. ¿De qué se habla con una niña de 22 años? ¿De productos de belleza, de la moda? ¿De cómo le va en la universidad? Y yo soy esta mujer grande, enamorada de su grandeza- es decir, de sus proyectos, de sus pliegues de hembra parida, de de las muertes con las que carga encima. No puedo ser leve y pretender que no veo las diferencias entre esa niña y yo. No tiene nada que ver con ella; pobrecita. Ella tan sólo quiere querer a alguien y que la quieran. Y quizás haya encontrado a la persona perfecta.
Pero mi hijo le dice mamá.
Le dice mamá. A esa niña …
Esa misma noche, a las 10:00pm llegaba Iván Thays a Puerto Rico. Escritor peruano invitado por mí a dar talleres de narrativa a la isla. Cómplice a quien conocí en Gadalajara (me lo presentó Edmundo Paz) y que se me quedó prendado del alma. Yo andaba preñada de Lucián. El recién se separaba de la madre de su hijo de 2 años. No sabía que dentro de poco, a mí me iba a suceder lo mismo. Hacía 3 años que no lo veía. El 26 de febrero yo cumpliría años de nuevo. La visita de Thays se supone que fuera mi regalo de cumpleaños. Mi auto-regalo. Pero yo quería más…
Me decidí a no posponerlo más. A correr el maratón. A medirme de nuevo las fuerzas del cuerpo. Las animales. ¿Podré? ¿Me desvaneceré en un sopor deshidratado?
¿Me rendiré ante el reto que la vida me impone, que yo he decidido aceptarle a la vida- ser una madre vieja con vocación de escritora, de gestora internacional y con una niña que también cría a su hijo de papás dobles? ¿Podré? ¿Tengo la fuerza?
(¿Quiero ser inmensa como tú, Yemayá?)
No lo pensé más. Abrí la página de internet y me inscribí en el maratón. Se lo informé a Mario, ya mareado de tanta cosa que se me ocurre. Pero mi marido es el siempre generoso. El único hombre generoso que he conocido.
“Hazlo, vida. Corre ese maratón. Yo una vez lo corrí” Y me hace el cuento. Periodista al fin. Generoso pero la fuente de toda historia es él. Así, ególatra y justo, me complace. Generoso y ensimismado, me apoya,. No sé cómo le sale. No sé cómo nos sale. Yo soy igual.
La noche antes fui a buscar mi número, mi camiseta, mi chip de inscripción. Ese chip mediría el tiempo en que correría los 10 kilømetros de la carrera. Esa misma noche llegaba Iván Thays a Puerto Rico.
Me pasé el dia limpiando, preparando comidas para la bebé y para Lucián; para curbrir las mil tareas de una semana que se anunciaba intensa. Dieron las 4 de la tarde.” Prepárate que es hora de llevarte al maratón” me anunció Mario. “Yo mequedo con los nenes”. Me puse mi camiseta, mis tennis, mi chip medidor. Partimos.
El protocolo para participantes pedía que llegáramos al estacinamiento bajo techo de la U.P.R. Unas guaguas nos llevarían hasta el puente. No había tapón. Llegamos a la UPR y Mario me dejó allíˆ. La nena dormía.Lucián estaba extrañamente tranquilo. Yo tomé la guagua para participantes. A medida que me acercaba me dí cuetna de la magnitud del evento. Compañías completas enviaban delegaciones de empleados para que corrieran el maratón. Había representación de escuelas católicas, de asociaciones de veteranos e impedidos- un señor parapléjico correría para protestar la falta de servicios de transporte para gente como él. Había corredores de 70, 80 años, demostrando que la vejez tiene potencialidades. Había familias enteras con botas de vino caminando el evento. Una cuadra entera de vecinos se instaló a mi lado y me contó que este era el quito año consecutivo que corrían el maratón. “¿Por qué?” les pregunté. “Porque sí”, me respondieron. “Porque es divertido y mejora tu calidad de vida” agregaron. Lo mismo que decía la hoja de publicidad.
Aquello era multitud. Quise seguir preguntando. “Porque me divorcié el año pasado”, “Por que quiero medirme con los kenyanos”, “Porque siempre quise formar parte de un evento así, “Una vez empecé a correr, no he podido parar de hacerlo”. Yo, viciosa de la brea, me hice hermana de este último comentario. No se puede parar de correr. Una vez uno se detiene, al mundo se le detiene algo.
Por el autoparlante empezaron los gritos, la música estridente, el himno, la bandera. Sonó el disparo. Los siete kenyanos, flacos como un estilete, arrancaron a correr. Eran gacelas, todas un músculo tenso y largo que danzaban por la superficie de la carretera. De un puente. El Teodoro Moscoso se estiraba largo entre las orillas de la laguna San José y los mangles del aereopuerto. La tarde caía tibia. El agua esmerilada recogía los últimos rayos del sol. Todo así, bello, era retratado por las grandes pantallas de proyección del evento. Cada acción era inmediatamente convertida en imagen. Espectáculo para todos, desde todos.
Yo intentaba no ver, sentir, sudar.
Nos tocó el turno a los aficionados y corrimos. Corrí hasta el otro lado de la laguna, sin cansarme. Gente parada a las orillas del trayecto, animaba a sus familiares. Los semipro volaban por los carriles externos. Zancadas largas, cuerpos ágiles. Los joggeadores como yo corríamos entre las multitudes de caminantes. Nos tomábamos la faena en serio. Desde la laguna, un bote de pescadores animaba, cerveza en mano. “Dale sigue, no pares, dale sigue, tú puedes” Yo obviaba el apoyo, la multitud. Iba a algo misterioso, a medirme contra una fuerza. Thays sobre el aire, mi tribu en mi casa, la otra casa de Lucián, fuera de mi control, de mi comprensión. ¿Cómo dejarle un hijo a algo que no comprendes? Nadie existía.
Cayó la noche. Ya estaba de vuelta de cruzar el puente , pero aún faltaba la mitad del trayecto. No lo sabía. Nunca había corrido el 10K. ¡!!Dale que todavía queda un tramo!!! me gritó un corredor del Parque Central que me reconoció. ¿Pero esto donde se acaba? le preguté, emparejándome. “Hay que llegar hasta la Gándara y volver al punto de partida” “¿Tanto?” pensé. “No voy a poder”. Un temor difuso me recorrió el cuerpo. Era la corriente del cansancio. No la había sentido antes. Qué cosa; pensar “no voy a poder” es de inmediato deshacerse, descargarse. El miedo descarga. El miedo es , de hecho, lo que más cansa.
Ante mí, sobre mi carne, se presenció el adversario que andaba buscando.
Cogí aire. Bajé el paso. Me dediqué a sentir mi miedo contra las venas. Contra la carne que se tensaba ya adolorida. Contra el arco de los pies abiertos. Supe de una llaga que se abría lentamente contra mi talón. La carne se abría y la sangre lubricaba el área. “Ahhh, por eso uno sangra”. Una bolsa de agua se hinchó entre las comisuras de mis dedos. La baja espalda comezó a temblar, ella sola. Músculo independiente, se quejaba de un cansancio propio, anterior a los de la carrera. ¿Cargar a los niños? ¿Guardar ahí el temor? El omoplato derecho se salió de sitio. Lo roté. El estómago se contrajo, el pecho se alzó, me entró un segundo aire. Era la bestia que corría, la madre que alcanzaba a sus hormonas, la mujer que quiere ser inmensa y desde esa inmensidad plana y abarcadora, escribir. La meta se veía cercana, con su pachanga de feria. Un camión de agua nos bañó a todos los corredores. Alcé los brazos. Crucé la meta.
Entonces tomé el celular. “Llegué”, le conté a mi marido. Qué bueno, mi vida. ¿Cuánto tiempo hiciste?” “Una hora con diez minutos. ¿Y los nenes?” “Aquí comiendo. Lucián mamá terminó de correr la carrera”. Mario me pone a Lucián al teléfono mientras oigo a Aidara de lejos, gritando. ‘Mamá, ¿ganaste?” me pregunta mi hijo.
No sé si gané, pero le contesto “sí”.
sábado, 10 de mayo de 2008
MAXIMAS HIPERREALES
Máxima #10
La envidia contra aquellos que piensan. Contra aquellos que pueden decir Wittgenstein, Nietzche (para él yo era la vaca, el animal). Par aquellos que citan pasajes de Thomas Mann y su Muerte en Venecia (Tadzio, mi estirpe aún más muda que un niño erotizado).
Mi estirpe es la que debo no nombrar. Dejar perdida en su invisibilidad. Quizás así , sin nombrar la diferencia, se pueda acceder a la tradición y a la Razón.
Mi estirpe, demasiados chasquidos de látigo muy cerca aún de la oreja: 25 latigazos si se descubren reunidos con otros negros , pardos o mulatos; 25 latigazos si andan de noche solos (prohibido cavilar), 30 latigazos si se le descubren papeles, lapiceros u otros ábiles de escritura.
La envidia a quienes pueden pensar. El acceso a las reglas del juego, sin violencia.
¿Máxima #11
Hoy el cuerpo es hiperreal. Un elemento de imagen. Su actual traducción digital lo inmaterializa. Lo hermana quizás a todos los habitantes de lo abstracto. Lo endiosa tanto y en cuanto se aparta de lo táctil, se convierte en imagen digital. Ver, todo es ver.
Lo Otro insiste en su naturaleza de simulacro.
Máxima#12
¿Qué se hace entonces con el cuerpo, con las historias del cuerpo antes de su des/recomposición en pixeles?
Un píxel (acrónimo de picture element, "elemento de imagen") es la menor unidad homogénea en color que forma parte de una imagen digital, ya sea esta una fotografía, un fotograma de vídeo o un gráfico.
Ampliando lo suficiente una imagen digital pueden observarse los píxeles que componen la imagen. Los píxeles aparecen como pequeños cuadrados o rectángulos en color, en blanco o en negro, o en matices de gris. Las imágenes forman una matriz rectangular de píxeles, donde cada píxel forma un área relativamente pequeña respecto a la imagen total.
La imagen es una matriz. Una matriz sin historia aparente.
Máxima #12 (teoría hiperreal del color):
La longitud de un pixel se llama "profundidad de color". En cada piel pixelada, el color se logra a través de variaciones. En las imágenes de color verdadero, se suelen usar tres bytes para definir un color, es decir, en total podemos representar un total de 224 colores, que suman 16.777.216 opciones de color.Puede codificarse un píxel con un byte (8 bits), de manera que cada píxel admite 256 variaciones (28 variaciones con repetición de 2 valores posibles en un bit tomados de 8 en 8).
Para poder transformar la información numérica que almacena un píxel en un color hemos de conocer, además de la profundidad de color (el tamaño en bits del pixel), el modelo de color que estamos usando. Por ejemplo, el modelo de color RGB (Red-Green-Blue) permite crear un color componiendo tres colores básicos: el rojo, el verde y el azul. De esta forma, en función de la cantidad de cada uno de ellos que usemos veremos un resultado u otro. Por ejemplo, el color amarillo se obtiene mezclando el rojo y el verde. Las distintas tonalidades del amarillo se obtienen variando la proporción en que intervienen ambas componentes. En el modelo RGB es frecuente que se usen 8 bits para representar la proporción de cada una de las tres componentes primarias. De esta forma, cuando una de las componentes vale 0, significa que esta no interviene en la mezcla y cuando vale 255 (28 – 1) significa que interviene aportando el máximo de ese tono.
La mayor parte de los dispositivos que se usan con un ordenador (monitor, escáner,...) usan el modelo RGB.
MAXIMA#13:
El color es energía refractada, el haz de una luz que choca contra la superficie de las cosas. La pupila disfunciona. Una ve color. El color en la pupila es un efecto de la naturaleza de la pupila, no de las cosas. El color de un pixel es una proporción de tres componentes primarios convertidos en haz electrónico que rebota contra una pantalla.
Hoy, la cosa es la pupila. Una pupila de cristal que ve más allá de lo que está presente. Pero ve. Disfunciona. La imagen es un efecto de la pupila, no de las cosas, del ojo gigante que hemos construído a través de una tecnología (otra). Toda tecnología es "frozen social relations" (Haraway:1981, Cyborg Manifesto). Es decir, que la tecnología del poder hiperreal responde al endiosamiento del "panopticon", del ojo que todo lo ve y todo lo vigila. Es la hiperrazón que descarta el cuerpo y todos sus inmundos humores, secresiones.
Lo que secreta no es hiperreal.
Yo (los de mi estirpe) debo convertirme en imagen,(y sólo imagen) si quiero sobrevivir a estos tiempos.
Máxima 14:
Abrirme, vuvla, labios, felpita que se traga un miembro de hombre, lengua que pasea por tu piel, oh lector, me abro para tí. Te alimento tu "mirada pornográfica" (Pérez-Ortiz: 2007), esa mirada que nace de los tiempos de la hiperrealidad. Yo, abierta, soy un pixel, un elemento de imagen y una unidad de profundidad y de saturación.
Aquí un labio, en tus oídos, el simulacro de un jadeo.
Máxima 15:
La crisis de la representatividad fue producto de la fragmentación de un sujeto, un lenguaje y un muro. El sujeto fragmentado es el intelectual, el lenguaje roto el de la objetividad( tanto su relación con lo real), el muro (ya sabemos) el de Berlín. Es el sujeto el que duda de su capacidad de representar la realidad a través del lenguaje.
Pero las máquinas no dudan.
El panópticon se ofrece y nosotros nos lanzamos como polillas hacia la luz -myspace, facebook, blogs. Nos abrimos completos; que el morbo y la mirada del Otro nos recorra.
El yo, una saturación de longitud y un elemento de imagen.
Estamos borrachos de representatividad. La Matriz nos acoge en nuestra infinita variación de posibilidades. El yo poroso, el yo como bytes y pixeles reunidos en interminables múltiplos del ocho. El yo como saturación.
El lenguaje entonces, como poro, como pixel, como variación infinita y balance de saturaciones.
MAXMA 16
Este es el yo que nunca he querido mostrar. Mi yo que piensa. Temo que los demás, los de mi estirpe, jamás me lo perdonarán. Me acusarán- eres la traidora , no nos representas. No eres el retrato colectivo de mi yo. O peor, los Otros- amos, centro, los que no son aliados, aunque quieran- confirmarán la excepción a la regla.
Yo bailo, bailo, bailo. No muestro lo que leo (100 latigazos a quien se le descubra libros, lecturas) Olvido a propósito los nombres, las citas. Toda cuerpo, toda comida para la devoración (Clarice Linspector: "La mujer más pequeña del mundo").
Es táctica que me enseñaron mis abuelas.
Pero pierdo la batalla...
Perderé esta batalla si no hablo
¿Debo olvidar para hablar? ¿Citar al que jamás me)nos)menciona? ¿Para quien nunca existimos?
Ya no puedo contraponer historias a historias. Lenguajes a lenguajes
Demasiada saturación...
¿Seré acaso la mujer más pequeña del mundo?
La envidia contra aquellos que piensan. Contra aquellos que pueden decir Wittgenstein, Nietzche (para él yo era la vaca, el animal). Par aquellos que citan pasajes de Thomas Mann y su Muerte en Venecia (Tadzio, mi estirpe aún más muda que un niño erotizado).
Mi estirpe es la que debo no nombrar. Dejar perdida en su invisibilidad. Quizás así , sin nombrar la diferencia, se pueda acceder a la tradición y a la Razón.
Mi estirpe, demasiados chasquidos de látigo muy cerca aún de la oreja: 25 latigazos si se descubren reunidos con otros negros , pardos o mulatos; 25 latigazos si andan de noche solos (prohibido cavilar), 30 latigazos si se le descubren papeles, lapiceros u otros ábiles de escritura.
La envidia a quienes pueden pensar. El acceso a las reglas del juego, sin violencia.
¿Máxima #11
Hoy el cuerpo es hiperreal. Un elemento de imagen. Su actual traducción digital lo inmaterializa. Lo hermana quizás a todos los habitantes de lo abstracto. Lo endiosa tanto y en cuanto se aparta de lo táctil, se convierte en imagen digital. Ver, todo es ver.
Lo Otro insiste en su naturaleza de simulacro.
Máxima#12
¿Qué se hace entonces con el cuerpo, con las historias del cuerpo antes de su des/recomposición en pixeles?
Un píxel (acrónimo de picture element, "elemento de imagen") es la menor unidad homogénea en color que forma parte de una imagen digital, ya sea esta una fotografía, un fotograma de vídeo o un gráfico.
Ampliando lo suficiente una imagen digital pueden observarse los píxeles que componen la imagen. Los píxeles aparecen como pequeños cuadrados o rectángulos en color, en blanco o en negro, o en matices de gris. Las imágenes forman una matriz rectangular de píxeles, donde cada píxel forma un área relativamente pequeña respecto a la imagen total.
La imagen es una matriz. Una matriz sin historia aparente.
Máxima #12 (teoría hiperreal del color):
La longitud de un pixel se llama "profundidad de color". En cada piel pixelada, el color se logra a través de variaciones. En las imágenes de color verdadero, se suelen usar tres bytes para definir un color, es decir, en total podemos representar un total de 224 colores, que suman 16.777.216 opciones de color.Puede codificarse un píxel con un byte (8 bits), de manera que cada píxel admite 256 variaciones (28 variaciones con repetición de 2 valores posibles en un bit tomados de 8 en 8).
Para poder transformar la información numérica que almacena un píxel en un color hemos de conocer, además de la profundidad de color (el tamaño en bits del pixel), el modelo de color que estamos usando. Por ejemplo, el modelo de color RGB (Red-Green-Blue) permite crear un color componiendo tres colores básicos: el rojo, el verde y el azul. De esta forma, en función de la cantidad de cada uno de ellos que usemos veremos un resultado u otro. Por ejemplo, el color amarillo se obtiene mezclando el rojo y el verde. Las distintas tonalidades del amarillo se obtienen variando la proporción en que intervienen ambas componentes. En el modelo RGB es frecuente que se usen 8 bits para representar la proporción de cada una de las tres componentes primarias. De esta forma, cuando una de las componentes vale 0, significa que esta no interviene en la mezcla y cuando vale 255 (28 – 1) significa que interviene aportando el máximo de ese tono.
La mayor parte de los dispositivos que se usan con un ordenador (monitor, escáner,...) usan el modelo RGB.
MAXIMA#13:
El color es energía refractada, el haz de una luz que choca contra la superficie de las cosas. La pupila disfunciona. Una ve color. El color en la pupila es un efecto de la naturaleza de la pupila, no de las cosas. El color de un pixel es una proporción de tres componentes primarios convertidos en haz electrónico que rebota contra una pantalla.
Hoy, la cosa es la pupila. Una pupila de cristal que ve más allá de lo que está presente. Pero ve. Disfunciona. La imagen es un efecto de la pupila, no de las cosas, del ojo gigante que hemos construído a través de una tecnología (otra). Toda tecnología es "frozen social relations" (Haraway:1981, Cyborg Manifesto). Es decir, que la tecnología del poder hiperreal responde al endiosamiento del "panopticon", del ojo que todo lo ve y todo lo vigila. Es la hiperrazón que descarta el cuerpo y todos sus inmundos humores, secresiones.
Lo que secreta no es hiperreal.
Yo (los de mi estirpe) debo convertirme en imagen,(y sólo imagen) si quiero sobrevivir a estos tiempos.
Máxima 14:
Abrirme, vuvla, labios, felpita que se traga un miembro de hombre, lengua que pasea por tu piel, oh lector, me abro para tí. Te alimento tu "mirada pornográfica" (Pérez-Ortiz: 2007), esa mirada que nace de los tiempos de la hiperrealidad. Yo, abierta, soy un pixel, un elemento de imagen y una unidad de profundidad y de saturación.
Aquí un labio, en tus oídos, el simulacro de un jadeo.
Máxima 15:
La crisis de la representatividad fue producto de la fragmentación de un sujeto, un lenguaje y un muro. El sujeto fragmentado es el intelectual, el lenguaje roto el de la objetividad( tanto su relación con lo real), el muro (ya sabemos) el de Berlín. Es el sujeto el que duda de su capacidad de representar la realidad a través del lenguaje.
Pero las máquinas no dudan.
El panópticon se ofrece y nosotros nos lanzamos como polillas hacia la luz -myspace, facebook, blogs. Nos abrimos completos; que el morbo y la mirada del Otro nos recorra.
El yo, una saturación de longitud y un elemento de imagen.
Estamos borrachos de representatividad. La Matriz nos acoge en nuestra infinita variación de posibilidades. El yo poroso, el yo como bytes y pixeles reunidos en interminables múltiplos del ocho. El yo como saturación.
El lenguaje entonces, como poro, como pixel, como variación infinita y balance de saturaciones.
MAXMA 16
Este es el yo que nunca he querido mostrar. Mi yo que piensa. Temo que los demás, los de mi estirpe, jamás me lo perdonarán. Me acusarán- eres la traidora , no nos representas. No eres el retrato colectivo de mi yo. O peor, los Otros- amos, centro, los que no son aliados, aunque quieran- confirmarán la excepción a la regla.
Yo bailo, bailo, bailo. No muestro lo que leo (100 latigazos a quien se le descubra libros, lecturas) Olvido a propósito los nombres, las citas. Toda cuerpo, toda comida para la devoración (Clarice Linspector: "La mujer más pequeña del mundo").
Es táctica que me enseñaron mis abuelas.
Pero pierdo la batalla...
Perderé esta batalla si no hablo
¿Debo olvidar para hablar? ¿Citar al que jamás me)nos)menciona? ¿Para quien nunca existimos?
Ya no puedo contraponer historias a historias. Lenguajes a lenguajes
Demasiada saturación...
¿Seré acaso la mujer más pequeña del mundo?
viernes, 9 de mayo de 2008
PRESENTACION DE PEPE GORRAS. FELICIDADES TINA CASANOVA
jueves, 8 de mayo de 2008
MAXIMAS HIPERREALES
MAXIMA 9
Hablo, entonces sí,de lo pequeño. Desde el susurro, la grieta, desde lo fractal. Los grandes procesos de desplazamiento de personas y de capital , verlos, sí, desde la taza sobre la mesa. Hablar en público de lo público, los grandes procesos políticos, de los que hacen o dejan de hacer los presidentes con las nacionalizaciones de hidrocarburos, o la increíble puesta en escena de las primarias de la democracia representativa me llena de terror. Esa postura tan expuesta...
Esa impostura...
Hablar en el ágora, no desde la cisterna. Demasiada revelación. Lo secreto, lo pequeño, los dioses enredados en el pelo son tradición de mi estirpe. El aché- misterio del conocimiento, se cuela por las grietas del silencio y se desborda en una lengua del siglo XVII remanente de un imperio guerrero y comerciante. No hace falta nombrar al imperio. Por más que se repita su nomenclatura no será recordada por los sabios, los iluminados, los que hablan del procesos desde el proceso.
El silencio, la grieta, lo pequeño. Ese es mi reino
y mi cárcel.
Hablo, entonces sí,de lo pequeño. Desde el susurro, la grieta, desde lo fractal. Los grandes procesos de desplazamiento de personas y de capital , verlos, sí, desde la taza sobre la mesa. Hablar en público de lo público, los grandes procesos políticos, de los que hacen o dejan de hacer los presidentes con las nacionalizaciones de hidrocarburos, o la increíble puesta en escena de las primarias de la democracia representativa me llena de terror. Esa postura tan expuesta...
Esa impostura...
Hablar en el ágora, no desde la cisterna. Demasiada revelación. Lo secreto, lo pequeño, los dioses enredados en el pelo son tradición de mi estirpe. El aché- misterio del conocimiento, se cuela por las grietas del silencio y se desborda en una lengua del siglo XVII remanente de un imperio guerrero y comerciante. No hace falta nombrar al imperio. Por más que se repita su nomenclatura no será recordada por los sabios, los iluminados, los que hablan del procesos desde el proceso.
El silencio, la grieta, lo pequeño. Ese es mi reino
y mi cárcel.
lunes, 5 de mayo de 2008
CALIENTE DE IMPRENTA: MELANIE PEREZ-ORTIZ
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