sábado, 18 de abril de 2009

PARA MAIRAL


Cuenta Pedro Mairal en su crónica de viaje a Puerto Rico publicada en la revista AlterNativo que mientras estuvo en el baño de la librería "La Tertulia", tuvo una revelación. No lo culpo, el baño de esa librería tiene un elán rarísimo. La cuestión fue que allí, en ese baño, Mairal entendió a Puerto Rico. Nos cachó de bombo. Entendió que "la cosa nostra" es así- los boricuas somos- a la vez- gringos y latinoamericanos, de cuidadanías múltiples, y de adherencias conflictivas y contradictorias. Somos "protoglobales". As loco and weird as it sounds.

Para nuestro bien y nuestro mal, nos saltamos la etapa de la supuesta madurez colectiva durante la cual todos los países construyen sus naciones-estados. A nosotros no nos pasó eso. Nos pasó otra cosa más extraña. Criamos una nación sin dejar de ser colonia. Seguimos siendo territorio (de E.U y su sistema modernizador, Doctrina Monroe incluída. La oferta incluye welfare, becas para minorías agrandadas, torturas FBI style, presos políticos, esterilización forzosa de mujeres pobres y un 50%de la población marchándose a vivir a "the mainland"). Nos saltamos la etapa de los martires, la muerte por la patria y las sucesivas guerras contra países hermanos y fascinerosos internos que ataquen nuestra moral nacional. Pero los tiempos son los tiempos, nadie logró abortar el nacimiento de una nación en el seno mismo de la colonia, con gente hablando dos idiomas y con una pata en la isla y la otra en el continente norteamericano. Así llegamos hasta esta postnacionalidad globalizada y transmigrada que es Puerto Rico.

Mairal lo entendió al ver un sólo grafitti. A la verdad que esos porteños son una jodienda.

PILAR QUINTANA'S VIVIR A LO SALVAJE





Hace un año, dos meses y dieciocho días (¿ves cómo te extraño, Sublime Thays?) Iván Thays me habló de Pilar quintana. Me dijo una sarta de mentiras, que era domadora de leones, que vivía en la selva- eso es verdad- y que tenía que leer su novela "Coleccionista de polvos raros". Ya leí la novela, comprobé que Pilar sí vive en la selva, con su marido Conor (que es australiano y carpintero y muy inteligente). Lo de domar leones no me queda claro todavía. Lo que sí es que si el león al que se refería Thays era contar lo que Pilar contó en "Coleccionista", entonces sí que dominó a la fiera.

Para presentara en lugarmanigua, comparto este artículo que salió publicado en la Revista SoHo de Colombia:



Vivir a lo salvaje

Por Pilar Quintana

Al frente tenemos el mar y atrás, la selva. Nuestra casa está llena de ventanales y puertas, las vistas son soberbias. Más que una casa, decimos, es un balcón. Nos gusta sentir que vivimos al aire libre. Eso si no está lloviendo. Cuando llueve, cerramos todas las ventanas y puertas, y nuestro balcón se convierte en una caja de seguridad.

Donde vivimos llueve con una sevicia bíblica. Durante nueve meses del año llueve casi todos los días y puede llover, sin parar, por seis días seguidos. La ropa recién lavada no se seca y la que está seca se humedece. Todo se humedece, aun dentro de la caja de seguridad. Para nosotros la palabra orear ha dejado de ser un enigma del crucigrama para volverse una actividad necesaria que practicamos cuando escampa. A veces la lluvia no parece venir de arriba sino de frente y pese a los aleros, las paredes exteriores de la casa se mojan. Así de bestiales llegan a ser los vientos. Tumban árboles de raíz y se llevan tejas del techo. A veces las tormentas eléctricas, en medio de la noche, son terroríficas. Los rayos caen tan cerca que el relámpago y el estruendo ocurren al mismo tiempo. La tierra tiembla, la casa se sacude y yo quedo sentada en la cama, sintiendo que soy lo que suelo olvidar que soy: una cosita minúscula y pueril a merced de los elementos.

Uno pensaría que en un lugar así no hay problemas para conseguir agua. Los hay. Durante los tres meses del año en que no llueve, la tierra se agrieta y los tanques de almacenamiento de agua-lluvia que tenemos en la casa se secan. Los lugares así no tienen acueducto. Por eso el segundo trabajo importante que hicimos cuando llegamos fue procurarnos uno.

En el lote nace una quebrada, que a los pocos metros se despacha al mar en una cascada abrupta. Justo en la mitad de su curso, mi esposo Conor excavó la tierra hasta que tocó piedra. Entonces picó la piedra y formó una poza ancha y más o menos profunda, donde el agua pudiera acumularse. Para terminar, levantó un muro de contención. Así obtuvimos una represa. En las épocas de sequía, alimenta los tanques de la casa con el impulso de una bomba manual. El resto del tiempo es una piscina de agua natural para bañarnos desnudos, con los camarones y las tortugas de agua dulce que la habitan, en medio de la naturaleza. El chorro de desagüe, frío y poderoso, nos sirve de lavadero y ducha. Es la mejor terapia relajante.

Sin embargo no todo estuvo listo una vez el agua llegó a la casa. También había que sacarla. Para eso hicimos una trampa de grasas en concreto y un drenaje de absorción subterráneo. El día que tuvimos agua corriente, que pudimos cocinar, lavar los platos y cepillarnos los dientes en nuestra propia casa, sin necesidad de ponernos las botas de goma para ir por baldes de agua a la quebrada, fue como acceder al último de los lujos occidentales. Fue lo que, para un citadino, sería tener un control remoto que le rasque las pelotas.

El primer trabajo importante que hicimos fue procurarnos la casa. El lote queda en las selvas del Pacífico vallecaucano, sobre un acantilado. Durante las horas de marea alta, el mar rompe contra el acantilado. Para ir a la aldea de Juanchaco, que queda en la playa, hay que atravesar un estero nadando o en canoa. Cuando la marea baja, el estero puede cruzarse caminando con el agua hasta los tobillos.

Llegamos desde Buenaventura, luego de una hora de viaje en lancha, con la mayoría de los materiales de construcción. Para llevarlos del muelle de Juanchaco al pie del acantilado hicieron falta varios viajes en carretilla por la playa y en canoa por el estero. Para subirlos, por unas escaleras precarias y resbalosas, se necesitaron cinco hombres musculosos y temerarios.

El terreno estaba cundido de malezas altas que no dejaban ver el mar. Tuvimos que armarnos con machetes. Trabajábamos doblados o agachados. Los músculos se resintieron. Las manos se nos ampollaron. El aserrador al que le encargamos la madera subió los precios cuando le vio la cara de gringo a Conor y a mí, de novata. Dormíamos en una cabaña vecina, abandonada hacía años.

En las noches de tormenta, la vieja cabaña, vencida por los elementos y las termitas, traqueteaba y se mecía y lo más que podíamos hacer era cruzar los dedos para que no se nos viniera encima. Estaba invadida de animales. Había alacranes, tarántulas, culebras, ratas, cucarachas, murciélagos y cinco perros sin razas y sin dueño. Teníamos que sellar la comida en bolsas y colgarla de las vigas del techo para que no nos la robaran. En el cuarto contiguo dormía de día y patas arriba un vampiro sudamericano. Nosotros, que dormíamos cuando él estaba activo, lo hacíamos debajo de un toldillo para evitar que nos chupara la sangre. Él y los mosquitos que transmiten la malaria y la leishmaniasis.

Era un martirio levantarse por la mañana. Parecíamos unos ancianos artríticos, encorvados y doloridos. Todo nos dolía. Los músculos, los huesos y hasta las coyunturas. Pero el terreno donde iría la casa quedó limpio y el aserrador nos trajo la madera. Así que empezamos la construcción.

Conor se encargaba de cortar las piezas de madera con el serrucho, yo le ayudaba a ponerlas en el sitio y las sostenía mientras él martillaba. Además las pintaba, una y otra vez, con un impermeabilizante para protegerlas del sol, la lluvia y las termitas. En mis ratos libres me dedicaba a la eliminación sistemática de las malezas. Quería descubrir el Pacífico.

Al mediodía empacábamos las herramientas y las llevábamos a la cabaña vecina. Cocinábamos sopas, arroces o lentejas en nuestra estufa de gas. Después de comer, salíamos otra vez con las herramientas al hombro y volvíamos a trabajar hasta que a las seis de la tarde los zancudos, el jején y los yaibíes atacaban. El cuerpo se me llenó de ronchas. Increíblemente Conor resultó inmune.

Antes de que oscureciera nos bañábamos en la quebrada. Volvíamos cargados de agua y la hervíamos para beberla al día siguiente. Cabeceábamos. Nos quedábamos dormidos en cuanto poníamos la cabeza en la almohada.

La estructura de la casa fue creciendo día a día. Una tarde encontré a Conor trepado en la viga más alta. Miraba al infinito con cara de bobo. Le pregunté qué le pasaba, me invitó a que subiera a comprobarlo. Conor había dado con la ruta hacia el océano antes que yo. A los lejos se distinguían unos chorros de vapor y de repente una mole oscura emergía del agua para dejarse caer en un gran splash. Eran las ballenas jorobadas en su migración por el Pacífico.

La tendida del techo por poco se convierte en causa de divorcio. Antes de clavar las tejas, Conor me preguntaba si estaba quedando derecho. Yo le decía que iba perfecto. Cuando bajó a revisar se encontró con que mi sentido de la alineación era nulo. Primero me puteó, luego lo desclavó. Tuvo que remendar los huecos con silicona y volverlo a clavar a su propio juicio mientras yo, ofendida y enfurruñada, le daba la espalda. Con la puesta de las paredes y el piso encontramos el pretexto ideal para reconciliarnos: ya nos podíamos mudar a nuestra casa.

Habían pasado dos meses. Más que los orgullosos propietarios, Conor y yo parecíamos los peones más flacos y harapientos de la hacienda. Y lo que habíamos construido era digno de ellos. Un cuchitril de 3X3 metros, sin agua, luz, baño, cocina, muebles, puertas, ventanas ni un techo firme porque el viento lo levantaba y llovía adentro tanto como afuera.

Compramos un techo más pesado y se lo pusimos. Fuimos reemplazando los plásticos, que cubrían los huecos de las paredes, por puertas y ventanas de madera. Diseñamos muebles con usos múltiples y los armamos con los pedazos sobrantes de la construcción. Un baúl sirve como sofá y closet, una mesita auxiliar es escritorio y banco para alcanzar el techo. El cuchitril fue mejorando y cuando ampliamos la estructura, se convirtió en sala, estudio y biblioteca. En nuestra casa las habitaciones también son multiusos. Nos hicimos un cuarto para las herramientas, un mini-altillo a prueba de vampiros y mosquitos, donde ahora dormimos, y una cocina con la estufa de gas empotrada en la barra de comidas y 360 grados de vistas.

Mientras cocinamos y comemos podemos ver lo mismo un grupo de delfines que una bandada de tucanes, la explosión de una ola en la isla de al frente o una liana que cuelga de un árbol y cada día se vuelve más gruesa. Tal vez sea por eso que no tenemos televisión. A veces nuestra vida parece un documental de naturaleza en NatGeo. A veces, un reality de supervivencia en la selva.

Sobre todo nos alimentamos de granos, que no necesitan nevera para conservarse y duran largo tiempo. Pero también podemos pescar para procurarnos el alimento. Si no hay plata y se acaba el cilindro de gas de la cocina, nos vemos obligados a cocinar con leña. La zona no tiene problemas de orden público pues está protegida por una base naval, que queda a quince minutos en lancha. Aquí el peligro son los bichos: hay que mantenerlos a raya con fumigaciones y repelentes.

Al principio ir al baño era toda una excursión. Teníamos que salir con la pala al hombro a hacer un hueco en el monte, así estuviera lloviendo, tronando o relampagueando, lo que en esta parte del mundo no es una mera figura retórica. Entonces nos construimos una letrina bajo techo. Cuando mi hermana vino de visita y la vio por primera vez, me preguntó para qué servía ese altar tan bonito. Para cagar, le dije. Conor y yo tenemos la manía de embellecerlo todo, hasta el hueco que se traga la mierda. Tenía columnas de troncos rústicos, piso de piedras, un inodoro de madera barnizada y un jardín de heliconias y orquídeas. Pero nada de eso lo hacía menos terrible. Con las lluvias el agua negra se rebosaba y con la caída de cada deposición salpicaba. Para rematar, las termitas se empezaron a comer el inodoro.

Por esa época se acabaron los ahorros que nos habían mantenido hasta el momento. Empezamos a dar clases de inglés en la aldea y a escribir artículos para revistas. Además recibimos un anticipo por mi segundo libro. Con eso seguimos viviendo y construyendo. La prioridad era hacernos el pozo séptico. Un enorme hueco en la tierra con paredes de ladrillo y tapas de concreto, con cámaras para filtrar el agua negra y un desagüe lento que le da abono a las plantas. Si tener agua en la casa fue el último de los lujos occidentales, tener baño en la casa fue el último de los placeres universales. Fue mucho más que un control remoto para rascarse las pelotas. Fue como si el control remoto, además, produjera orgasmos mentales múltiples. Y ya que alcanzábamos semejantes comodidades, pues que llegaran en grande. Junto al baño, que tiene biblioteca y vista al mar, nos hicimos un walk-in closet.

Pero el colmo del lujo y la comodidad fue un pequeño aparato en la pared. Al activarse, mágicamente, toda la estancia se ilumina. La luz. Los primeros seis meses usábamos velas. Conor y yo leemos todas las noches. Para leer teníamos que juntar las cabezas y hacerle parabrisas a la llama. La cera se regaba en los muebles y el piso y formaba grandes montones, que no se descomponían en el compostaje. Era basura de la mala. Ni siquiera podía reciclarse para hacer nuevas velas pues nunca pudimos conseguir pabilos. Los segundos seis meses tuvimos lámparas de petróleo. Daban más luz pero el humo olía y se metía a los pulmones. Tosíamos. Entonces un amigo nos trajo un kit de energía solar. El mejor regalo posible. Consta de un panel que capta la energía durante el día y de una batería que la acumula para ser usada de noche. Alimenta los bombillos, el computador portátil y el minicomponente, que al fin pudimos comprarnos. También carga los celulares.

Esos son nuestros únicos aparatos. De vez en cuando nos dan ganas de ver películas. Las vemos en el computador. Para todo lo demás no está MasterCard. Está Internet. Sí, la tecnología ya llegó al monte. Hace más de dos años que la aldea tiene señal satelital y hace un año que nosotros nos conectamos, en nuestra casita de la selva, con un módem de celular. Ahora, por ejemplo, voy a enviarle este artículo a SoHo.

EN SIRIA, CON HAMMAN, EL SOUK Y BANO TURCO- GAMBOA EN DAMASCO





Lo mejor de tener buenos amigos es que te prestan sus ojos, sus oídos, sus pensamientos. Van por el mundo mirando cosas que piensas que jamás podrás mirar, o viviendo experiencias que siempre permanecerán extrañas para tí. Entonces regresan de sus viajes y te cuentan. Te dejan ver lo que vieron, vivir un poquito, a través de lo que han vivido. La experiencia es aún mejor cuando ese buen amigo es escritor. Conoce la empatía que vibra en el seno de las palabras. Te las transmite por canal doble, el del afecto y el del talento.

Santiago Gamboa estuvo hace poco en Damasco, visitando a un amigo pintor. Comparto con los lectores de "lugarmanigua" algunas de las fotos que me envía. Las palabras, por amistad y por golosería, me las quedo.

domingo, 12 de abril de 2009

DORIS LESSING- EL QUINTO HIJO

Hay libros que entran de inmediato a formar parte del sustrato incosciente con el cual una anda por ahí por la vida. Una va al banco y el libro está ahí, duerme y ese libro palpita, funciona como una pesadilla que casi se ha olvidado, pero que, a la menor provocación, salta de nuevo a la conciencia y suscita el pánico, más bien, el desasosiego. Son libros npo necesariametne bien escritos. No tienen que ser lo que una considera una obra maestra, (como 'To the Lighthouse" de la Woolf, "Muerte en Venecia " de Thomas Mann o el "Leviathan" de Paul Auster). Pero son libros que te asaltan, se apoderan de tí. Tú teminas siendo de ellos. Eso me acaba de pasar con "The Fifth Child" de Doris Lessing.

Una pareja de tipos convencionales londinenses deciden casarse y tener todos los hijos posibles. Esto lo hacen durante los años 60. No se estila el plan que la pareja se propone. Es el tiempo en que el amor como utopía épica se desmorona. Familias múltiples, divorcios, hogares "posmodernos", amor libre, y sexo, mucho sexo es la orden de día. Si Houellebeq (nunca sé como se escribe el contralláo nombre) escribe lo terrible de este mundo en "Las partículas elementales" , Lessing otra vez muestra lo mosntruoso del oro mundo- del mundo al cual las mujeres no enseñan a aspirar- el mundo de la domesticidad, de la felicidad conyugal, de los hijos y el hogar.

La pareja tiene un niño y después dos, y tres y cuatro. La quinta vez que quedan encinta, algo terrible comienza a suceder. Al octavo mes, la esposa decide que le provoquen el parto. No puede seguir en contienda con ese hijo que carga en sus entrañas, ese monstruo. Y eso es lo que pare, un niño aparentemente normal pero a quien todo el mundo teme.

La novela se cae al final porque Lessing le quiere dar ofrecer una explicación lógica al mimso mundo aluscinante que ella ha descrito en "El quinto hijo". Le dedica párrafos innecesarios a convencer al lector de que "Ben", el quinto hijo, es un troll o un hobbit o un ogro fantástico, de que eso seres existienron en realidad y ahora, en tiempos modernos, esta pareja da la casualidad que ha parido uno. Y ese intento de fabular el sustrato misterioso del mundo de que Lessing construye termina por matar lanovela. Sin embargo, el libro, para mí es una auténtica novela de terror, mucho mejor que el monstruo de Mary Shelley.

El terror de la domesticidad. Lo que muchos no acaban de entender es lo terrible de la experiencia de lo doméstico y de lo maternal- esa experiencia tan absolutamente esquiva y fabulosa. Tener a otro ser nadándote en las entrañas, parir gente que una desconoce, dedicar la vida a limpiarles las cacas, a darle de comer del propio pecho,a proteger a gente que una a veces no quiere (y esto es verdad) , que una puede llegar a detestar, que una ama hasta la locura- todo a la vez. Mirarlos y no entender, repito, NO ENTENDER cómo es posible que ese ser que está parado ahí enfrente esté hecho de la misma carne y de la misma sangre. Una, como mujer, vive absolutamente "in awe" de lo que es capaz de hacer el cuerpo humano, de lo que es capaz de proveer, de crear, de soportar.De los institntos primarios que se apoderan de una en el momento de hacer lo más animal (y lo más poderoso) que ser humano es capaz de hacer sobre la faz de la tierra, darle vida a otro ser humano... a otro monstruo.

Eso era suficiente premisa para la novela de Lessing. Yo no necesitaba la tesis de que la madre de Ben había parido a un monstruo. Yo he parido a dos hermosos, adorables monstruillos, chupadores de toda mi leche y de todo mi tiempo, de toda mi atención y de toda mi alegría. (Esconderme para leer, levantarme de madrugada para escribir) Si no llega a ser por mi marido, estoy segura de que me hubiese vuelto loca. Yo he visto madres totalmente exhaustas por tener que cuidar, cuidar todos los días, alimentar todos los días, oir, cambiar, bañar todos los días a sus hijos. He conocido a madres de niños autistas, niños enfermos mentales, hidrocefálicos, retardados mentales, hijos con deficit renal, o fribrosis milagia o qué se yó qué otra enfermedad crónica que les chupan la vida entera a estas madres. Que las matan de a poco mientras la gente aplaude. Aplaude el espectáculo del sacrificio de ser mujer. Aplauden lo buena madre , lo abnegada que es la doña, el supremo valor de su renuncia. Aplauden la trampa, el horror de la trampa de la domesticidad.

Todos los días me peleo con el horror de la domesticidad. Con la casa, las cuentas, el polvo, los mocos, las terapias respiratorias de mi hijo Lucián, los deberes de la escuela, el reflujo e Airada, el tiempo perdido en regar plantas, trabajar, en ver que existe una realidad que ha sido falsamente romantizada hasta el asco para atrapar a las mujeres en una terrible trampa de la CASA, del hogar. Ese es el nombre de mi monstruo. También la dirección donde queda mi felicidad.

Por eso la novela de Lessing me parece tan fabulosa. Una novela de pesadillas definitorias.

PRIMERO ESTABA EL MAR



En enero de este año, el Hay Festival me invitó a Cartagena. Allí me encontré con Antonio García, amigo novelista de "Mi casa es tu casa" y conocí al fin a la fabulosa Pilar Quintana. Ya había leído "COLECIONISTA DE POLVOS RAROS", a instancias de Mr. Sublime Moleskine Literario, Iván Thays.

Una de esas noches nos sentamos hasta altas horas de la noche (como si fuera alrededor del fuego- eran los tragos) a hablar de lo que estábamos leyendo (Secreto literario- esta es la verdadera razón por lo cual lso escritores vamos a encuentros y festivles - para hablar libros- más los que estamos leyendo que los que estamos escribiendo. Los escritores estamos enfermos del mal de la lectura. Hasta nos podemos pelear de por vida por discrepancias acerca de un libro)

Así descubrí "Primero estaba el mar" de Tomás González. Pilar y Antonio se enfreascaron en una terrible contienda acerca del libro. Al otro día, una copia de la novela descansaba sobre mi casillero en el hotel. Antonio me la había conseguido. Exigía veredicto acerca del texto.

Por meses me hostigó. Yo me zafé explicándole que tenía mil cosas qué leer para las clases que imparto en la Universidad de Puerto Rico. Que conducía un seminario graduado acerca de literatura de la emigración (boricua, aunque yo la combino con las literaturas migratorias de muchas partes del mundo). Lo que pasaba en realidad es que estaba(estoy) escribiendo. Pero un día, ya vencida por la tenacidad de Antonio, leí "PRIMERO ESTABA EL MAR".Llegó Edmundo y nos enfrascamos en la discusión del eterno paradigma civilización vs. barbarie en la literatura occidental. Recordé la novela y les escribí a mis amigos colombianos.

De aquí surgió este debate literario que posteo en "Lugarmanigua"

Querido Toño:

Terminé de leer "Primero estaba el mar". Me gusta, pero es una novela colombianísima. Si no conoces desde adentro al país, te pierdes un poco. Hay muchos guiños para entendidos, sobretodo en la construcción de personajes. Lo notas desde afuera.

Nunca entendí la lucha de J. por zafarse de la civilización durante los años 80, de convertirse en un ser anarco-radical y partir para la selva. Me hicieron falta muchas más conversaciones (en la novela) con sus amimgos de universidad, para saber cuál era el background ideológico que estaba discutiendo su generación, su época. Por qué su renuncia a la civilización. No la caché.

Nunca entendí la historia de Elena. Era del Visitado, concubina, rabiosa. Tenía un hermano muerto, un primer matrimonio ¿A qué se debía la rabia? Nunca sé suficiente de su historia personal como para entender de qué se trataba la mujer. ¿Por qué estaba con el tipo, si la pasaba tan mal?

Tampoco entendí por qué, casi al final de novela, aparece el diario.

Eso sí, la cosa de sumirse en la selva e irse desmoronando me pareció bastante "Heart of Darkness". ¿De verdad es así la selva? ¿De verdad uno se vuelve casa de hongo, animal brutal ? ¿De verdad que la selva devora y expulsa a todo el que no sabe integrarse a ella?

Cuéntame. Quiero saber.

un beso
Mayra
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Antonio Garcia
to Pilar, me

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Querida Mayra:
Tu mail me hizo descubrir que he olvidado buena parte de Primero esta el mar.
Lo voy a releer. Me parece una buena excusa para hacerlo.
Pilar tendría muchas cosas que anotar al respecto. Ella y yo, durante una época, y aún ahora, terminamos discutiendo sobre este libro. Ella de fiscal y yo de abogado, por supuesto.
La huída de J. está sustentada, creo, en esa búsqueda arquetípica de la arcadia perdida. Lo raro, ahora que me haces pensarlo, es que no se trata del yuppie que se afloja la corbata y se pierde en la espesura de la selva. Las motivaciones, en todo caso, no creo que sean tan sociales sino internas, sicológicas. ¿Quedan poco claras?
Los 80, por otro lado, fueron una etapa de desencanto de la izquierda al mismo tiempo que un momento crítico, pues se había puesto en marcha una iniciativa llamada el "El estatuto de seguridad", que consistió en una fortísima represión, si bien no hasta los niveles argentinos o chilenos.
Elena responde, quizá, no estoy seguro, no sabría decirlo, a la figura de la matrona paisa que es jodida de entrada, que es brava por algo idiosincrático. (Este libro puede ser, además de muy colombiano, muy paisa, es decir antioqueño, de una región particular colombiana). Elena puede ser la encarnación de lo que Héctor Abad (un paisa) llama "La mujer brava" http://tabloide.eurofull.com/shop/detallenot.asp?notid=916
(Creo yo que Héctor, a pesar de que pretende hacer un alegato feminista, también termina dibujando un cliché. ¿Será que Tomás González también estaba bebiendo de ese cliché?)
Acerca de lo del diario, creo que es una licencia que se toma el autor, de la misma manera que no está tan justificada la carta que aparece por ahí. Yo, cuando lo leí, pensé que esa carta podía estar fuera de lugar, pero la perdoné por que el libro logró cautivarme.
Yo lo de la selva... Pues ahí tenemos a Arturo Cova, que juega su corazón al azar y se lo gana la violencia. Además de "Heart of Darkness", la Vorágine es un antecedente directo de la selva que devora y animaliza.
Aunque no es necesariamente verdad en la vida real, para ejemplo está Pili, que se fue a vivir a la selva y es toda una princesa.
Le mando copia de este mail, para ver si quiere agregar algo, y porque entre ustedes dos han logrado hacerme dudar del libro. Malditas.
Besos,
Toño


Mayra:
Me encanta por fin oír una crítica de Primero estaba el mar, una crítica centrada, aquí todo el mundo idolatra esa novela y la leen como leer la Biblia, palabra de Dios, algo a lo que no se le deben ver peros. A mí, la verdad es que la novela no me gustó y cuando lo digo, que es siempre que alguien la comenta, me miran con cara de "pero estás loca, mujer".

Tenés toda la razón cuando decís que le falta background a los motivos del personaje y a los personajes en sí, que nos queda faltando a nosotros los lectores entender los porqués, que es una novela incompleta. También sentí, como vos, que era colombianísima y eso lo vi como un defecto. Hay novelas colombianísimas que me encantan y otras que ya no me encantan tanto pero que las reconozco como grandes novelas (Cien años de soledad, por ejemplo). Tampoco me refiero aquí al uso de expresiones coloquiales como "la berriondera" y otras por el estilo que aparecen en Primero estaba el mar. Hay novelas que usan expresiones más colombianas que esas y sin embargo son universales. Lo que me parece de Primero estaba el mar es precisamente que no es universal, que es una novela provinciana o, aun más, una novela de barriada. Parece escrita en un barrio para que la lea y le guste a la gente de un barrio, y fijate que algo así es lo que sentiste vos: que te quedaste por fuera porque no sos colombiana.

Pero esas no son las razones de peso por las que no me gustó. No me gustó, sobre todo, porque aborda el tema de la lucha del hombre contra los elementos (un tema que, por cierto, me apasiona) y no la logra. Conrad la logra, Jack London la logra, José Eustasio Rivera (un colombiano de principios del siglo pasado sí que la logra en su novela La vorágine, es espléndida, Mayra, te la voy a conseguir para regalártela la próxima vez que nos veamos), Tomás González no. Es como si se quisiera meter en el tema pero, por alguna incomprensible razón, no se metiera del todo, es como si quisiera conocer el mar y sólo se quedara en la orilla con las olas rozándole los tobillos, en vez de saltar de cabeza hasta el fondo y abrir los ojos y que la sal se los queme. Es como si el hombre no supiera nadar. Me parece a mí que el problema puede estar en que el tipo nunca ha vivido en la selva.

La selva, Mayra, es mucho peor. La selva saca lo peor que hay en vos, por eso me gusta tanto, la selva te maltrata, te hiere, física y moralmente, te expulsa, te hace sentir lo que sos (una cosa insignificante y minúscula que no vale nada en el mundo), pero si la sabés tratar, si la sabés mantener a raya, si las sabés respetar y si te hacés respetar de ella, se vuelve la mamá más cariñosa del mundo y te arrulla todas las noches de tu vida. Primero estaba el mar insinúa eso, pero no lo narra de verdad. La selva que nos presenta es una selva de mentiras, es una selva Disneyworld. Los conflictos que el tipo plantea me parece irreales. Uno no vive en el selva angustiado porque el polvo se tomó tu casa. Mierda, aquí Conor y yo podemos barrer la casa ocho veces al día (que no lo hacemos, tampoco somos tan obsesivos) y las ocho veces sacamos toneladas de polvo. Pero el polvo es lo de menos, el polvo, ay, ojalá el asunto fuera el polvo. Están las termitas, la lluvia, el viento, las tempestades, los rayos, el salitre, la humedad, la lama, los hongos, las arañas, las ratas, los murciélagos, las culebras, el choque cultural con los nativos de la zona, las enfermedades, los hongos, y, bueno, también el polvo que se acumula en todas partes y ahí donde se acumula, en medio de la rendija entre dos tablas, por ejemplo, se instala la vegetación. Yo he visto casas abandonadas que se caen al piso en dos meses y he visto árboles, ¡árboles, Mayra! creciendo en las paredes de las casas, en el techo, en las rendijas entre dos tablas. Y sí, todo eso, te hace volverte brutal como ella porque para que te respete tenés que ser su igual, tenés que mostrarle que no te vas a dejar, que vas a dar la lucha.

Aquí te mando dos versiones de un mismo artículo que escribí para la revista SoHo sobre mi vida en la selva. No son la maravilla, pero dan una idea.

Ahora, El rey del Honka-Monka de Tomás González sí me gustó. ¿Ya lo tenés? Es un libro de cuentos y dos especialmente me parecieron logradísimos. El primero se llama Verdor y el otro es el que le da el título al libro.

¿Cuál fue la putada que te hizo Alfaguara? No entiendo todavía, ¿si salió tu novela?

Besote,

P.




Querida Pilar:

No te preocupes por comprarme "La vorágine". Es requisito de escuela aquí en Puerto Rico. A José Eustaquio Rivera lo leí a los 14 años y lo releo constantemente. Yo, en cambio, la próxima vez que te vea, que será bien pronto, porque te voy a invitar a Puerto Rico 9aún no sé cómo), te voy a regalar "La charca" que es una novela sobre incesto escrita por un puertorriqueño del siglo XIX . Sé que la novela te va a encantar. La escribió Manuel Zeno Gandía. Ahí se plantea otro tipo de pelea entre la barbarie y la civilización.

besos
M.

domingo, 5 de abril de 2009

IWASAKI EN PUERTO RICO




Fernando Iwasaki visitará Puerto Rico del 18-24 de abril. Lo invita la Universidad de Puerto Rico a ofrecer una charla el 21 de abril que se titula "LA POLLA DE CERVANTES U OTRAS COSAS QUE HACEMOS CON LA LENGUA" . Se enteró dque de Edmundo Paz-Soldán ofreció talleres para Salón Literario Libromaérica y ahora quiere dar un taller, esta vez, de cuento corto. Es el "absolute master jedi" del cuento breve humorístico en Iberoamérica. Es peruano, pero vive en Sevilla.

Fernando Iwasaki hijo de Gonzalo Iwasaki Sánchez, coronel del ejército peruano, y de Lila Rosa Cauti Franco. Fernando es el segundo de siete hermanos. Nieto de un japonés afincado en Lima, estudió en el colegio Marcelino Champagnat, perteneciente a los hermanos maristas. Posteriormente hizo sus estudios superiores en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde obtuvo el grado de bachiller con la tesis Simbolismos religiosos en la metalurgia prehispánica (1983). En dicha universidad también ejerció la cátedra de Historia del Perú (1983-1984). En 1985 obtuvo una beca otorgada por el gobierno español, gracias a la cual pudo dedicarse a la investigación en el Archivo General de Indias en Sevilla. También se desempeñó como docente en la Universidad de Sevilla. En 1986 retornó al Perú y se casó con la española María de los Ángeles Cordero, con la que tiene tres hijos. En su país natal Iwasaki se dedicó principalmente a la docencia universitaria. En 1989 decidió volver a España, donde cursó un doctorado en Historia de América en la Universidad de Sevilla. El tema de su tesis doctoral fue Lo maravilloso y lo imaginario en la Lima colonial. Actualmente reside en Sevilla. Dirige la revista literaria Renacimiento y la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Es columnista del diario español ABC.

Hya un cupo limitado de 20 personas. El taller costaría 200 . Serían 4 días a dos y media hora por día (estamos hablando de 10 horas contacto, $20 dólares la hora,) con Fernando Iwasaki Cautí. Los talleres se ofrecerán en el Taller de Fotoperiodismo de Puerta de Tierra de 6:30 a 8:30- pm.

Gracias
Mayra Santos-Febres/Coordinadora General
Salón Literario Libroamérica en Puerto Rico

viernes, 3 de abril de 2009

AL FIN- FOTOS DE HOMENAJE CARLOS FUENTES






Yo misma me lo creí del todo. Que estuve en México para el homenaje a Carlos Fuentes. Que desayuné con Nélida Piñón, conocí al Gabo, conversé con el homenajeado. Que Luis Rafael, maestro y mentor, me prestó $100.00 cuando el Banco pensó que me estaba robando la identidad a mí misma y me trancó la ATH. Tampoco me lo creí mucho cuando con mis propios dedos saqué la foto más importante de la jornada,una en la de Luce López-Baralt, diva internacional de los estudios de aljamiado- posa junto a la famosísima Tongolele.

Sí señores, les juro que no me lo invento. Luce, la exquisita, la que tiene incunables de Fray Luis de León y alfombras persas en su casa, no se emocionaba mucho con lo que estaba pasando. "¿Te saco una foto con Carlos Fuentes?- le preguntaba. Ya tengo varias- me conteestaba. "¿Y con Gabriel García Márquez?" "Ehhh, no lo quiero molestar otra vez". Pero cuando Luis Rafael Sánchez, en un momento de complicidad total, me susurró mientras Carlos Fuentes recibía la Medalla de la Cuidad de México- "¿Ves a esa que está ahí? ¿Adivina quien es?" y yo , dudando de mis recuerdos de niña que quería ser vedette casi le grito "Tongolele!!!" Luce salió corriendo, "Dónde, dónde?. Pidió que le tomaran esta foto que reproduzco para los fans de Luce, del aljamiado y del vedettismo mexicano. Primicia absoluta en "lugarmanigua"