jueves, 10 de enero de 2008

Micro-crónicas urbanas: Joggeando por el Paseo lineal del Parque Central





Hoy es sábado y dispongo de más tiempo; es decir, que hoy la sudada es de lujo. Me voy a correr al Parque Central. Mi marido tiene la monga y no me puede cuidar a la nena. Pero eso no me detendrá. Necesito mi hora y media de desconecte. Aprovecho. Llevo las botellas de agua y bolsas plásticas a reciclar, cargo el baúl de la guagua de ropas qué donar al Salvation Army o al Albergue “El Paraíso” o a la Casa Protegida Julia de Burgos. Todas quedan en ruta, esa ruta que se esparce desde los mangles de la bahía hasta el caño Martín Peña. Santurce, Cangrejos, territorio de adictos, de putas, de inmigrantes, de negros, de ferreterías-sastrerías-panaderías- bares- barberías de rastrillo- hospitalillos. Mi hogar.

Pongo a la nena en el car-seat y parto rumbo a la Baldorioty. Está nublado y parece que va a llover. La MacCleary está llena de joggeadores, de caminantes. No, esa no será mi ruta hoy. Cuarentaycinco minutos hasta el Poblado Belén, que hoy está encendido, pidiendo la demolición de la corrupción. Una hora y quince a paso sosegado, si se le añade el trayecto hasta el Parque Celso Barbosa. Pero no.Hoy sudo en grande. Tomo un sorbo de mi botella de agua y miro por el retrovisor. La nena está bien. Aguantará el trayecto.

Viro por la curvita de desvío hacia el Club Náutico y agarro la salida que conduce al Centro de Convenciones. Allí, en lo que antes era la Base Naval, ahora se alza la media concha en acero y cristal ahumado que acoge ferias de Estilos de Vida, Humortivación, convenciones y reuniones empresariales de todo tipo. Muchas grúas gigantescas- la inmensamente amarilla y las azul “santini” de alzar edificios, se levantan contra el cielo encapotado. Ya una estructura de cemento crudo emerge del barro robado al mangle. Tal parece que levantarán más complejos de vivienda y oficinas en los predios del Centro de Convenciones.

Al lado , el aereopuerto de Isla Grande da salida a aviones que parten rumbo a las "otras" islas del Caribe- islas más grandes o más chicas, todas más pobres que esta- eso dicen. Una avioneta rasga el viento sobre mi cabeza. Yo me extasío mirándola, esperando a que cambie la luz.

Paso por enfrete del Hogar de Niños Manuel Fernández Juncos. Ahí están, los huérfanos, los olvidados. Noto que le han dado una remoseada al edificio. Tiene una capa de pintura fresca. Entre tanto “progreso” y tecnología a una se le escapa que existen ninõs pequeñitos, de carne y hueso y no de metal ni de cristal, ni de cemento, que duermen todas las noches contra el frío de una ausencia. Los sonidos de la autopista, de las grúas derribando y alzando edificios, de una gallareta ocasional que pita su canto desde el mangle, son sus únicas canciones de cuna. Miro a mi hija por el esp[ejo retrovisor. Se me encoje el pecho. Me hija me sonríe, consolándome.

Un olor a azufre irrumpe por la ventanilla del carro. Estoy casi al lado de la Asociación de Pescadores, del otro lado del puente que divide al Parque Central del Centro de Cuidados Psiquiátricos y del residencial de Tras Talleres. Un adicto todo llagas cruza lentamente la carretera con su carrito de compra lleno de latas de alumino. La recolectora de metal queda cerca- recuerdo. Ahí están los chavos para la cura. Pongo la señal para doblar a la derecha. Allí están los contenedores de reciclaje.

Un cartel anuncia que no se reciclan piezas de auto, botellas de vidrio ni bolsas plásticas. “Coño”- maldigo- “yo que las fui recogiendo durante todo un mes. ¿A dónde meto este bollo de blosas plásticas ahora? “ Pero tengo botellas de agua qué dejar en el contendor. Mis intenciones ecológicas se cumplen, más o menos, opr este día. Resoluciónn de nuevo año- reciclar. La cumplo a medias.

Limpio, con olor a grama recién cortada el Parque Central abre sus puertas. A sudar con gusto- murmuro- una carrera de lujo. Frente a los portones del Parque, aumenta una pequeña fila de carros. Son los jugadores de tenis, de raquetball y los nuevos nadadores del Natatorium, que ataponan la entrada. “Natatorium” en latín. Pienso extrañamente en Roma. En Roma y en las instrínsecas maquinaciones de todas las cuidades sobre el planeta. Ellas son así, las cuidades. No sé si por la división y especialización de labores o por la acumulación de gentes y de riquezas, las cuidades producen desigualdad y ocio. Algunos tan sólo sobreviven y otros disponen de tiempo para vivir; es decir, para ejercitarse haciendo discocycling a las cinco y cuarto de la mañana, joggear- como yo a las 8:30. Pensar en la ecología y el reciclaje, darse un chapuzón en una piscina olímpica donde jovencitos chinos de Connecticut vienen a entrenarse para sus equipos de natación. Trinity College, Harvard, West Point, todos vienen acá, al Natatorium de Santini a entrenar en las mañanas de un diciembre que los hubiera congelado en sus respectivas piscinas. Veo las guaguas, escolares e inmensas, depositando su carga de estudiantes nadadores, con sus entrenadores que admiran la isla “its such a beautiful place” mientras pitan para que la próxima muchachita haga un clavado de doble giro contra el agua desinfectada del Natatorium. Me toca mi turno, pago el peso de la entrada y busco estacionamiento.

Saco el coche, pongo a la nena adentro , me estiro y comienzo a caminar. No sé qué ruta he de tomar. Tengo dos opciones- dar la vuelta del pendejo dentro del parque o tirarme a correr en el paseo lineal. Miro el cielo. Sigue encapotado. Creo que voy a trotar junto al mangle. Nos vendrá bien.

Comienzo a caminar para entrar en calor. Por encima del puente de la Kennendy caminones de carga corren raudos por la avenida. El carrito vibra contra el paseo de gravilla y contra mis muñecas. Son las ocho y treintaycinco y la mañana está fresca. Ojalá no llueva. La nena duerme apaciblemente dentro de su coche.

2 comentarios:

Yvonne Denis dijo...

Sude leyendo el relato. Que ritmo! Saludos,

Norenid dijo...

Y estaba lista pal jogging contigo.