martes, 20 de octubre de 2009

ESCUCHANDO A PABLO MILANES

La primera vez que lo ví era una niña de 19 años, estaba estudiando letras en la Universidad de Puerto Rico y acababa de darme cuenta de que los gobiernos mandan a asesinar a niños de mi edad (de 19 y 22 años, como a los muchachos del Cerro Maravilla). Pablo Milanés vino a cantar al Teatro de la Universidad de Puerto Rico. Recuerdo que lloré y que pensé, como él, que la vida no vale nada sin la lucha por la justicia y que vale la pena matar o morir por la libertad.

Esta vez, lo fui a ver por segunda vez en mi vida. Ahora soy una mujer de 43 años. Sigo pensando que un mundo sin justicia social es una mierda. Pero reconozco que cuento con el extraño privilegio de no haber tenido que morir ni que matar por una ideología. Ni siquiera por la libertad.

Dejamos a la nena en casa de la madrina y a Lucián con su papá. Me senté al lado de mi marido, le tomé la mano. Oí cantar a Pablo Milanés :


La libertad es una niña hermosa y pura
que nos violan al cabo de los años.
Cuando crece por encima de los árboles
sabemos que no va a sobrevivir.

No puede ser más grande que nosotros mismos,
no puede ser más bella que como la concebimos.
Es un feo retrato destruido
por la fuerza del tiempo en su interior.
Es un lindo fracaso sostenido
de una buena mirada con amor.

La libertad se va poniendo vieja,
la libertad ya no puede parir,
la libertad como todo en la vida
nació para morir.

Y lloré, de nuevo, cómo la primera vez. Pero ahora no sé exactamente, es decir, que no sé a ciencia cierta, por qué.